Vicarious violence: when harming the mother also harms the child 

 

Una violencia que interpela directamente a la protección infantil 

Durante mucho tiempo, la violencia de género fue comprendida social e institucionalmente desde una mirada centrada casi exclusivamente en la mujer como víctima principal, dejando en un segundo plano a los hijos e hijas que convivían en esos contextos. Sin embargo, en los últimos años ha ido ganando visibilidad una realidad que obliga a ampliar esa mirada: la violencia ejercida sobre niños, niñas y adolescentes como forma de dañar, controlar o castigar a sus madres. A esta forma específica de violencia se la denomina violencia vicaria, y su reconocimiento ha supuesto un cambio profundo tanto en la comprensión del fenómeno como en los modelos de intervención. 

Hablar de violencia vicaria es hablar de una de las expresiones más crueles de la violencia machista, porque instrumentaliza a la infancia como medio para infligir daño. En estos casos, los menores no son testigos colaterales ni víctimas indirectas de la violencia, sino objetivos deliberados dentro de una estrategia de control y destrucción emocional. El agresor utiliza aquello que la madre más quiere —sus hijos e hijas— como mecanismo para ejercer poder, producir sufrimiento o mantener dominio incluso tras la ruptura de la relación. 

Esta comprensión supone una transformación sustancial: obliga a dejar de considerar a los niños y niñas como meros acompañantes de la violencia para reconocerlos como víctimas directas. Y ese reconocimiento no es solo conceptual, sino profundamente práctico, porque cambia cómo prevenimos, cómo protegemos y cómo intervenimos. Para quienes trabajamos en el ámbito de la infancia, la violencia vicaria interpela directamente al sistema de protección, cuestionando nuestras respuestas institucionales y recordándonos que proteger a la infancia implica también comprender las formas complejas en que la violencia puede ejercerse sobre ella. 

Cuando los hijos e hijas son utilizados como instrumento de daño 

La violencia vicaria no se limita a los casos más extremos que ocupan titulares cuando un padre asesina a sus hijos para dañar a la madre, aunque esos casos hayan contribuido a visibilizar el fenómeno. Su expresión puede adoptar múltiples formas, muchas de ellas menos visibles, pero igualmente destructivas. Puede manifestarse mediante amenazas relacionadas con los menores, manipulación emocional, incumplimientos intencionados en los cuidados, utilización de visitas para generar sufrimiento, interferencia en los vínculos afectivos, instrumentalización judicial o conductas orientadas a deteriorar el bienestar de los hijos para castigar a la madre. 

Precisamente una de las dificultades para identificar esta violencia es que no siempre aparece en formas explícitas o fácilmente reconocibles. A menudo se infiltra en dinámicas relacionales complejas donde el daño a la infancia se produce como parte de una estrategia continuada de dominación. Y esto exige una mirada profesional especialmente afinada, capaz de detectar que determinadas conductas no responden solo a conflictos parentales o dificultades de coparentalidad, sino a formas de violencia. 

En estos contextos, los menores pueden quedar atrapados en lealtades imposibles, ser convertidos en mensajeros del conflicto, asumir roles impropios para su edad o ser expuestos a manipulaciones que erosionan profundamente su desarrollo emocional. La violencia vicaria rompe la idea de infancia como espacio protegido y convierte a niños y niñas en territorio donde se libra la violencia. 

La infancia como víctima directa: consecuencias invisibles y profundas 

Uno de los grandes avances en la comprensión de esta realidad ha sido reconocer que la exposición a violencia de género ya constituye por sí misma una forma de victimización infantil. Pero en la violencia vicaria esta afectación adquiere una dimensión aún más intensa porque el daño no es solo presenciado, sino dirigido. 

Las consecuencias pueden ser profundas y múltiples. Desde el impacto traumático hasta dificultades en el apego, alteraciones emocionales, ansiedad, sintomatología depresiva, problemas de conducta, culpa, hipervigilancia o afectaciones en la construcción de la identidad y la seguridad básica. Muchas veces hablamos de heridas que no siempre se expresan de forma inmediata ni visible, pero que pueden marcar profundamente los itinerarios vitales de niños, niñas y adolescentes. 

Uno de los elementos más complejos es que este daño no se produce solo en episodios concretos, sino que puede instalarse como experiencia relacional. Cuando quienes deberían representar protección se convierten en fuente de amenaza o instrumentalización, se resquebrajan bases fundamentales del desarrollo emocional. Y reparar esas fracturas requiere mucho más que alejamiento del agresor; exige procesos sostenidos de acompañamiento, reparación y reconstrucción de seguridad. 

Especialmente en la infancia, donde el desarrollo depende profundamente de vínculos seguros, este impacto puede condicionar autoestima, regulación emocional, relaciones futuras y percepción del mundo como lugar seguro o amenazante. En adolescencia, además, pueden aparecer manifestaciones más complejas, como conductas de riesgo, dificultades vinculares o reproducción de modelos violentos. 

Comprender estas consecuencias es esencial para no reducir la violencia vicaria a una cuestión exclusivamente judicial o penal. Estamos también ante una cuestión de trauma infantil. 

Violencia vicaria y sistemas de protección: desafíos pendientes 

Reconocer la existencia de esta violencia también obliga a revisar críticamente cómo responden los sistemas de protección. Porque aunque se han producido avances normativos y mayor sensibilización, persisten desafíos importantes en la detección, valoración del riesgo e intervención. 

Uno de ellos tiene que ver con superar miradas adultocéntricas que todavía, en ocasiones, analizan estas situaciones desde el conflicto entre progenitores en lugar de hacerlo desde la protección infantil. Cuando se minimizan riesgos bajo lecturas de “conflictividad familiar” o se invisibiliza el impacto en los menores, se corre el riesgo de dejar sin respuesta situaciones profundamente dañinas. 

La violencia vicaria exige que servicios sociales, sistema judicial, recursos especializados, protección de menores, salud mental y ámbitos educativos puedan leer estas realidades desde marcos compartidos de protección. No basta con intervenir sobre la violencia hacia la mujer si no se incorpora de forma explícita a la infancia como sujeto de protección. 

Aquí la coordinación interinstitucional se vuelve fundamental. Porque muchas veces los indicadores aparecen fragmentados: señales en la escuela, síntomas en salud mental, relatos parciales en intervención social, incidentes en espacios judiciales. Solo una mirada articulada permite comprender el riesgo completo. 

También supone cuestionar prácticas que históricamente han podido generar desprotección. Especialmente aquellas que, en nombre de la neutralidad o la coparentalidad, han desatendido contextos de violencia. Incorporar la perspectiva de violencia vicaria implica poner la seguridad y el interés superior del menor en el centro. 

El papel protector de los y las profesionales de intervención 

Quienes trabajan con infancia tienen un papel esencial en la detección temprana, la protección y la reparación frente a estas violencias. Muchas veces son educadores, trabajadores sociales, psicólogos o docentes quienes primero identifican señales que pueden pasar inadvertidas en otros contextos. 

Cambios conductuales bruscos, miedo intenso ante visitas, discursos claramente inducidos, hipervigilancia, somatizaciones, culpa desproporcionada, rechazo basado en temor o deterioro emocional asociado a determinadas dinámicas familiares pueden ser indicadores que requieren una lectura especializada. 

Pero además de detectar, la intervención tiene un papel profundamente reparador. Porque proteger no es solo contener el daño, sino acompañar procesos de reconstrucción emocional. Esto implica generar espacios seguros, validar experiencias, trabajar trauma, fortalecer vínculos protectores y ayudar a resignificar lo vivido. 

En muchos casos, una intervención sensible al trauma y centrada en derechos puede convertirse en experiencia correctora frente al daño sufrido. Y esto resulta especialmente relevante en infancia, donde las experiencias relacionales reparadoras tienen enorme potencial transformador. 

Desde esta perspectiva, intervenir frente a violencia vicaria no es solo actuar ante una problemática; es sostener procesos de reparación. 

Prevenir también es proteger 

Aunque muchas veces se habla de violencia vicaria en clave reactiva, cuando el daño ya se ha producido, es fundamental pensar también en prevención. Y prevenir implica mucho más que detectar riesgos extremos. 

Supone trabajar en sensibilización profesional, fortalecer mecanismos de valoración del riesgo, mejorar coordinación institucional, revisar respuestas judiciales y garantizar que el interés superior del menor prime realmente en decisiones que afectan a infancia expuesta a violencia. 

Pero también implica educar socialmente. Cuestionar narrativas que siguen minimizando la violencia machista, desmontar ideas que separan artificialmente violencia hacia las mujeres y daño a los hijos e hijas, y promover una comprensión social donde la infancia sea reconocida como sujeto de protección plena. 

La prevención pasa asimismo por escuchar a niños y adolescentes. Durante demasiado tiempo sus voces han sido secundarias en procedimientos donde eran directamente afectados. Avanzar en protección pasa también por reconocer su experiencia. 

Nombrar la violencia para hacer visible a las víctimas 

Poner nombre a la violencia vicaria no es una cuestión meramente terminológica. Nombrarla ha permitido hacer visible una realidad que durante mucho tiempo permaneció parcialmente oculta. Y nombrar importa porque aquello que se nombra puede reconocerse, prevenirse e intervenirse. 

Durante años muchos niños y niñas quedaron invisibilizados bajo la categoría de testigos de violencia. Hoy sabemos que eran víctimas. Ese cambio no es menor. Supone desplazar la mirada desde los márgenes hacia el centro de la protección. 

Y ese reconocimiento tiene implicaciones éticas profundas. Porque obliga a asumir que proteger a las mujeres víctimas de violencia de género implica también proteger inseparablemente a sus hijos e hijas. 

No son daños paralelos. 

No son consecuencias accesorias. 

Son víctimas. 

Proteger la infancia también es combatir la violencia vicaria 

Hablar de violencia vicaria es hablar de una violencia que ataca simultáneamente a las mujeres y a la infancia, rompiendo vínculos, instrumentalizando afectos y generando profundas huellas de sufrimiento. Pero también es hablar de una realidad que hoy comprendemos mejor y frente a la cual los sistemas de protección tienen la responsabilidad de responder. 

Para quienes trabajamos en intervención con menores, este fenómeno recuerda algo esencial: proteger la infancia no puede limitarse a actuar cuando el daño ya es irreversible, sino que exige detectar, prevenir, reparar y construir respuestas donde los niños y niñas sean reconocidos plenamente como sujetos de derechos. 

La violencia vicaria nos confronta con los límites de nuestras respuestas, pero también con la posibilidad de fortalecerlas. 

Porque proteger a la infancia implica no solo cuidar de su presente, sino impedir que la violencia marque su futuro. 

Y en ese compromiso, combatir la violencia vicaria es también una tarea irrenunciable de protección infantil. 

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