The loneliness of the mediator

By Juan Diego Mata

La mediación tiene algo de oficio moderno y algo de monacato antiguo. Porque, aunque se practique en despachos con luz cálida, cafés a medio terminar y agendas imposibles, la verdad es que el mediador trabaja muchas veces en una soledad muy particular: la de quien está rodeado de conflictos ajenos y, aun así, no puede pertenecer a ninguno.

Es una soledad discreta, casi elegante. Nadie la menciona en los manuales. En los cursos se habla de técnicas, de escucha activa, de comunicación no violenta. Se habla de las partes, de sus posiciones, de sus intereses. Pero rara vez se habla del mediador cuando se apaga la sesión, cuando se cierran las carpetas y queda en el aire esa frase que no se dijo, ese silencio cargado que se llevó cada uno a casa.

Porque el mediador convive con los conflictos. Los escucha. Los sostiene. Los acompaña. Y, a diferencia de otros profesionales, no puede refugiarse en la comodidad de “tener razón”. Su trabajo no consiste en dictar, sino en facilitar. No en vencer, sino en acercar. Y eso, aunque suene muy noble, tiene un coste emocional considerable.

La convivencia con el conflicto: un huésped permanente 

El conflicto es insistente. No entiende de horarios ni de festivos. Entra en la sala con las partes, pero también se queda un poco después. A veces viaja en el pensamiento del mediador de camino a casa, se cuela en una cena familiar o aparece de repente mientras uno intenta, ingenuamente, ver una serie.

Porque el mediador escucha historias de ruptura, de traición, de desencuentros empresariales, familiares, vecinales. Escucha reproches que llevan años fermentando. Y debe hacerlo con una calma casi quirúrgica, como si fuera lo más natural del mundo que dos personas se miren con hostilidad y, aun así, se espere que dialoguen.

Y el mediador, por supuesto, sonríe. Siempre sonríe. Porque si no sonríe, parece que el conflicto gana.

Los miedos del mediador: los que nadie confiesa? 

El mediador también tiene miedo. No suele decirlo, porque queda poco profesional, pero lo tiene.

Miedo a no estar a la altura.

Miedo a que la sesión se rompa.

Miedo a que una palabra mal colocada dinamite semanas de trabajo.
Miedo a convertirse en un simple espectador de la imposibilidad.

Y hay otro miedo más silencioso: el miedo a la inutilidad. Ese momento en el que las partes se levantan sin acuerdo y el mediador se pregunta, con una ironía amarga, si todo esto era inevitable desde el principio.

Porque el mediador no controla el resultado. Solo el proceso. Y aceptar eso requiere una madurez emocional que no se enseña con diapositivas.

Cómo superar esos miedos (sin necesidad de fingir invulnerabilidad)

Superar los miedos del mediador no significa eliminarlos. Significa integrarlos.
Primero: asumir que la mediación no es magia. No siempre habrá acuerdo. No siempre habrá éxito. La mediación no es una varita, es un espacio. Y abrir un espacio ya es valioso, incluso cuando no se llega al final deseado.
Segundo: entender que el conflicto no es personal. Las emociones que se desbordan en sesión no van dirigidas al mediador, aunque a veces lo parezca. El mediador es un espejo, no el origen del problema.
Tercero: cuidar la propia salud emocional. El mediador necesita supervisión, descanso, límites. Necesita también una vida fuera del conflicto. Porque nadie puede ser contenedor permanente sin vaciarse.
Cuarto: confiar en el proceso. Incluso cuando no hay acuerdo, algo se mueve. A veces la mediación planta semillas que germinan después, en silencio, lejos de la sala.

La recompensa: el acuerdo como victoria íntima 

Y entonces, ocurre. No siempre, pero ocurre.

Después de horas de tensión, de palabras medidas, de silencios largos, las partes encuentran un punto. Una frase distinta. Un reconocimiento mínimo. Una posibilidad.

Y el mediador lo presencia.

No es un aplauso. No hay medallas. No hay sentencia solemne. Solo un acuerdo escrito, quizás sencillo, quizás imperfecto. Pero profundamente humano.

Porque un acuerdo no es solo un papel. Es la prueba de que dos personas, en medio de su conflicto, fueron capaces de elegir algo distinto.

Esa es la recompensa del mediador: ver cómo el diálogo, que parecía imposible, se abre paso. Ver cómo la hostilidad se transforma en gestión. Ver cómo el conflicto deja de ser una guerra y se convierte en un problema resoluble.

Y sí, el mediador vuelve a casa solo. Como siempre.

Pero esa noche, la soledad pesa menos. Porque sabe que, aunque nadie lo diga en voz alta, ha hecho algo extraordinario: ayudar a que el mundo sea un poco menos irreconciliable.

Y en tiempos como estos, eso no es poca cosa.

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