Business mediation in 2026: that “plan B” that should really be plan A  

Si algo nos ha enseñado el mundo empresarial es que los conflictos no son una anomalía: son parte del modelo de negocio. Donde hay contratos, personas, expectativas y balances, hay desacuerdos. La novedad no está en que existan, sino en cómo decidimos gestionarlos. Y aquí es donde, en 2026, la mediación empieza a dejar de ser “esa gran desconocida” para convertirse en una herramienta con sentido común… que ya es mucho decir. 

Durante años, muchas pymes han gestionado sus conflictos con una lógica bastante curiosa: “si hay problema, ya hablará el abogado” (normalmente cuando el problema ya es grande, caro y personal). El resultado suele ser previsible: procedimientos largos, costes difíciles de justificar y relaciones comerciales que acaban tan rotas como el tóner de la impresora el día que más prisa tienes. 

La mediación propone algo casi revolucionario en el entorno empresarial: sentarse a hablar antes de que el conflicto se enquiste. Sin toga, sin estrados y sin necesidad de traducir cada frase al “idioma judicial”. No sustituye al Derecho, pero sí lo complementa con una pregunta incómoda y muy útil: ¿qué necesita realmente cada parte para seguir adelante? 

Para una pyme, esto no es un matiz menor. Hablamos de empresas donde los conflictos no se quedan en un expediente: afectan a proveedores habituales, socios de toda la vida, clientes estratégicos o incluso a la convivencia diaria en la oficina. Judicializarlo todo puede ser jurídicamente impecable… y empresarialmente desastroso. 

La mediación permite algo que en los juzgados no siempre cabe: soluciones a medida. No se limita a quién tiene razón, sino a cómo salimos de aquí sin perder tiempo, dinero y reputación. A veces el acuerdo no es perfecto, pero sí funcional. Y en el mundo real de las pymes, lo funcional suele valer más que lo teóricamente brillante. 

Además, hay un factor que en 2026 pesa más que nunca: la gestión del tiempo. Un procedimiento judicial consume meses —cuando no años—. Una mediación bien planteada puede resolverse en semanas. Para una gran corporación esto puede ser una ventaja; para una pyme, directamente puede ser la diferencia entre seguir operando con normalidad o dedicar media vida al conflicto. 

Como mediador profesional, veo a diario cómo cambia el tono de una reunión cuando las partes descubren que no están allí para “ganar”, sino para resolver. Se baja el volumen, sube la claridad y, curiosamente, aparecen opciones que antes no existían. No es magia. Es método, estructura y una conversación bien conducida. 

¿Es la mediación la solución a todos los conflictos empresariales? No. ¿Es útil en muchos más casos de los que hoy se utiliza? Sin duda. Y lo más irónico es que, cuanto antes se recurre a ella, menos “dramática” parece… y mejores resultados ofrece. 

Quizá en 2026 la verdadera modernidad no sea litigar más rápido, sino evitar llegar al litigio cuando no hace falta. Y ahí, la mediación tiene mucho que decir. Aunque no haga ruido, no salga en sentencias y no lleve toga. A veces, precisamente por eso, funciona. 

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