El mito del niño brillante y feliz
Existe una creencia ampliamente extendida según la cual los niños y niñas con altas capacidades intelectuales son afortunados: aprenden rápido, destacan académicamente y parecen contar con una ventaja natural para desenvolverse en la vida. Desde esta mirada simplificada, el talento se asocia casi automáticamente al bienestar, como si la inteligencia actuara como un factor protector frente al sufrimiento emocional. Sin embargo, esta idea no solo es incompleta, sino que puede resultar profundamente dañina.
El talento cognitivo no protege del malestar emocional. En muchos casos, ocurre justamente lo contrario: la alta capacidad puede intensificar la vivencia del dolor cuando el entorno no acompaña. Comprender antes, pensar más profundamente o percibir con mayor intensidad no siempre es una fortaleza cuando no se cuenta con recursos emocionales suficientes ni con adultos que ayuden a sostener y traducir esa experiencia interna.
Muchos niños y adolescentes con altas capacidades sufren en silencio. Lo hacen porque cumplen con las expectativas externas, porque “funcionan”, porque no generan alarmas visibles. Pero bajo ese aparente ajuste pueden esconderse sentimientos de soledad, ansiedad, frustración, miedo al error o una constante sensación de no encajar. Hablar del sufrimiento invisible en las altas capacidades implica desmontar mitos y poner el foco no solo en lo que estos menores saben hacer, sino en cómo se sienten mientras lo hacen.
Altas capacidades: cuando la inteligencia va más rápido que la vida
Uno de los conceptos clave para comprender el malestar emocional asociado a las altas capacidades es el desarrollo asincrónico. Este término hace referencia al desajuste entre las distintas áreas del desarrollo: cognitiva, emocional, social y madurativa. Un niño puede poseer una capacidad intelectual muy superior a la esperable para su edad y, al mismo tiempo, contar con una madurez emocional acorde a su etapa evolutiva.
Esta asincronía genera una vivencia interna compleja. El menor puede comprender situaciones, conflictos o problemáticas que emocionalmente no está preparado para gestionar. Puede anticipar consecuencias, detectar incoherencias o reflexionar sobre cuestiones profundas —como la injusticia, el sufrimiento o la muerte— sin disponer aún de herramientas emocionales para elaborar lo que todo ello le provoca.
Con frecuencia, el entorno interpreta erróneamente esta capacidad cognitiva como madurez global. Se espera del niño o la niña un comportamiento acorde a lo que entiende, olvidando que entender no es lo mismo que poder sostener emocionalmente. Esta exigencia implícita puede generar frustración, culpa y una sensación persistente de no estar nunca a la altura, incluso cuando el rendimiento es objetivamente alto.
El precio de comprender demasiado pronto
Comprender el mundo con mayor profundidad y a edades tempranas tiene un coste emocional. Muchos niños y niñas con altas capacidades desarrollan una hiperconciencia de lo que ocurre a su alrededor: perciben tensiones familiares, conflictos sociales, desigualdades o incoherencias adultas que otros menores aún no registran.
Esta conciencia temprana puede derivar en una sensación de responsabilidad excesiva. Algunos menores se sienten responsables del bienestar emocional de los adultos, de que las cosas “salgan bien” o de no generar problemas. Se convierten en niños y niñas excesivamente adaptados, complacientes, que priorizan las necesidades ajenas por encima de las propias.
Además, la tendencia al pensamiento profundo y reflexivo puede transformarse en pensamiento rumiativo. Dar vueltas constantes a una idea, anticipar escenarios negativos o cuestionarse de forma reiterada su propio valor genera un terreno fértil para la ansiedad. No es extraño que aparezcan preocupaciones existenciales, miedos difusos o un sentimiento persistente de insatisfacción difícil de verbalizar.
Cuando estas vivencias no son comprendidas ni acompañadas, el menor aprende a silenciarlas. Aprende que lo que siente “no toca”, que exagera o que no debería sentirse así “con lo listo que es”. Este silenciamiento emocional incrementa el malestar y refuerza la idea de que algo en él o ella no funciona correctamente.
El sufrimiento que no alarma a los adultos
Uno de los grandes riesgos en la atención a menores con altas capacidades es la invisibilidad del malestar. Cuando un niño obtiene buenos resultados académicos, muestra autonomía y no presenta conductas disruptivas, el sufrimiento emocional suele pasar desapercibido.
El mensaje implícito que reciben muchos de estos menores es claro: mientras rindan, mientras no molesten, mientras cumplan con lo esperado, su mundo emocional no requiere atención. Frases como “no tienes motivos para estar así”, “ya quisiera yo haber sido tan listo” o “con lo bien que te va” invalidan la experiencia emocional y refuerzan el aislamiento interno.
Este tipo de invalidación no siempre es intencionada. A menudo responde a la dificultad adulta para concebir que el éxito externo pueda convivir con el malestar interno. Sin embargo, el efecto es profundamente dañino: el menor aprende a desconectarse de sus emociones y a esconder aquello que no encaja con la imagen que se espera de él.
Altas capacidades y vulnerabilidad emocional
Lejos de lo que suele pensarse, las altas capacidades no excluyen la vulnerabilidad emocional. De hecho, pueden incrementarla. La autoexigencia elevada, el perfeccionismo y el miedo al error son frecuentes en estos menores. Muchos desarrollan una autoestima condicionada al rendimiento: valen si destacan, si aciertan, si cumplen expectativas.
El error, en este contexto, se vive como una amenaza a la propia identidad. Fallar no es solo equivocarse, sino confirmar la sensación de no ser suficiente. Esta vivencia puede derivar en evitación, bloqueo, ansiedad ante la evaluación o incluso abandono de tareas para no enfrentarse al fracaso.
En algunos casos, el malestar evoluciona hacia cuadros de ansiedad o sintomatología depresiva. No siempre se manifiestan como tristeza evidente, sino como apatía, irritabilidad, cansancio emocional o desconexión. Cuando el entorno no reconoce estas señales, el sufrimiento se cronifica.
Cuando el contexto falla: escuela, familia y etiquetas erróneas
El contexto educativo juega un papel clave en el bienestar emocional de los niños y niñas con altas capacidades. La falta de respuesta adecuada —currículos rígidos, escasa estimulación o metodologías poco flexibles— puede generar aburrimiento, desmotivación y frustración.
En ocasiones, estas manifestaciones se interpretan erróneamente como falta de interés, mala conducta o problemas de atención. No es extraño que algunos menores con altas capacidades reciban etiquetas que no explican su vivencia real, lo que agrava su sensación de incomprensión.
A nivel familiar, la dificultad para equilibrar expectativas y necesidades emocionales también puede contribuir al malestar. Cuando el talento se convierte en el eje central de la relación, el menor puede sentir que solo es valioso por lo que hace, no por lo que es.
Qué necesitan realmente los niños y niñas con altas capacidades
Más allá de programas específicos o adaptaciones curriculares, los niños y niñas con altas capacidades necesitan adultos que miren más allá del rendimiento. Necesitan espacios donde puedan expresar dudas, miedos y frustraciones sin sentirse juzgados o invalidados.
El acompañamiento emocional, la validación del error y la posibilidad de fallar sin perder valor son elementos fundamentales. También lo es el reconocimiento de la asincronía del desarrollo y la aceptación de que el talento no elimina la necesidad de cuidado.
Cuando el entorno ofrece comprensión, flexibilidad y vínculo, la alta capacidad puede convertirse en un recurso enriquecedor. Cuando no lo hace, el talento, lejos de proteger, puede doler.
Hablar del sufrimiento invisible en las altas capacidades no es cuestionar el valor del talento, sino recordar que ninguna capacidad intelectual sustituye al acompañamiento emocional. La infancia, por brillante que sea, sigue siendo infancia. Y todo niño o niña, independientemente de lo que sepa o de cómo rinda, necesita sentirse visto, comprendido y sostenido.
Reconocer esta realidad es el primer paso para dejar de exigir tanto y empezar a cuidar mejor.
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