TDAH: cuando la etiqueta tapa la historia
Diagnosticar sin escuchar
En los últimos años, el diagnóstico de TDAH en la infancia y la adolescencia ha aumentado de forma significativa. Cada vez son más los niños y niñas etiquetados como inatentos, impulsivos o hiperactivos, y cada vez más frecuente que estas conductas se expliquen exclusivamente desde un enfoque neurobiológico. Sin embargo, esta mirada, cuando se aplica de forma aislada, corre el riesgo de simplificar realidades complejas y de dejar fuera una parte esencial de la historia del menor.
No todo comportamiento desregulado es un trastorno, ni toda dificultad atencional tiene su origen en un déficit neurobiológico. En muchos casos, lo que se nombra como TDAH es la expresión conductual de experiencias tempranas de trauma, negligencia, inseguridad o falta de vínculo estable. Cuando la etiqueta se impone sin una comprensión profunda del contexto vital, el diagnóstico puede convertirse en un velo que oculta el origen real del malestar.
Hablar de TDAH y trauma no implica negar la existencia del trastorno ni cuestionar su abordaje clínico. Implica, más bien, ampliar la mirada, integrar la historia del niño o la niña y reconocer que la conducta siempre tiene un sentido cuando se escucha con atención.
Conductas que se parecen, historias que no se cuentan
Uno de los principales retos en la intervención con infancia es que el trauma y el TDAH comparten síntomas visibles. Dificultades de atención, impulsividad, hiperactividad, problemas de autorregulación emocional o conductas disruptivas pueden aparecer tanto en menores con TDAH como en aquellos que han vivido experiencias adversas tempranas.
Desde fuera, la conducta es similar. Desde dentro, la vivencia es radicalmente distinta. Un niño con historia de trauma no está distraído porque no pueda atender, sino porque su sistema nervioso está en alerta constante. No es impulsivo por falta de control, sino porque su cuerpo ha aprendido a reaccionar rápido para protegerse. No se mueve sin parar porque “no puede estarse quieto”, sino porque la quietud puede resultarle amenazante.
Cuando el foco se coloca únicamente en la conducta observable, se corre el riesgo de confundir el síntoma con la causa. El menor es etiquetado, tratado y gestionado desde esa etiqueta, mientras su historia queda relegada a un segundo plano o directamente ignorada.
El trauma en la infancia: cuando el cuerpo aprende a sobrevivir
El trauma infantil no siempre está vinculado a hechos extremos o fácilmente identificables. La negligencia emocional, la inestabilidad en los cuidados, la exposición a violencia, las rupturas vinculares tempranas o la falta de figuras adultas consistentes generan un impacto profundo en el desarrollo del sistema nervioso.
Un niño que ha crecido en un entorno impredecible aprende a vivir en estado de alerta. Su cerebro se adapta a la supervivencia, no al aprendizaje. En este contexto, la atención sostenida, la regulación emocional o la capacidad de inhibir impulsos se ven seriamente comprometidas.
Estas adaptaciones, que en su origen fueron necesarias para sobrevivir, se convierten con el tiempo en dificultades que el entorno interpreta como problemáticas. El niño no está fallando; está funcionando como aprendió a hacerlo.
El riesgo de la etiqueta única
Cuando el diagnóstico de TDAH se convierte en la explicación total del comportamiento, se produce un efecto especialmente peligroso: la historia del menor deja de importar. Todo lo que hace, siente o expresa pasa a interpretarse desde la etiqueta.
Este fenómeno tiene varias consecuencias:
- Se reduce la complejidad del menor a un trastorno.
- Se normaliza el malestar como algo “propio del TDAH”.
- Se invisibilizan experiencias de daño no elaboradas.
- Se cronifican las dificultades emocionales.
En contextos de protección, acogimiento residencial o intervención social, este riesgo es aún mayor. Muchos niños y niñas llegan con historias de trauma acumulado y reciben diagnósticos rápidos que no siempre tienen en cuenta el impacto de esas vivencias. El resultado es una intervención centrada en el control de la conducta, no en la reparación del daño.
Medicación sin elaboración: calmar el síntoma, silenciar el dolor
La medicación puede ser una herramienta útil en determinados casos de TDAH, pero cuando se utiliza como respuesta principal en menores con trauma no elaborado, el riesgo es alto. Calmar la conducta no equivale a sanar la herida.
En algunos casos, la medicación reduce la hiperactividad o mejora la atención, pero el malestar emocional permanece intacto. El niño aprende a comportarse “mejor”, pero no a entender lo que le ocurre ni a elaborar su historia. El mensaje implícito es claro: lo importante es que no moleste, no que se sienta mejor.
Este enfoque refuerza la desconexión emocional y dificulta procesos terapéuticos profundos. El menor puede volverse más funcional, pero también más silenciado.
Adultos desbordados, niños incomprendidos
La etiqueta también cumple una función para los adultos. Nombrar el problema como TDAH puede aliviar la sensación de impotencia, ofrecer una explicación rápida y legitimar estrategias de control. Sin embargo, cuando no se acompaña de una mirada comprensiva y relacional, esta explicación se queda corta.
Muchos profesionales y familias actúan desde el cansancio, el desbordamiento y la falta de recursos. En ese contexto, la conducta del menor se vive como un problema a resolver, no como un mensaje que necesita ser traducido.
El niño, por su parte, interioriza rápidamente la etiqueta. Aprende que es “el que no puede”, “el que molesta”, “el que siempre se porta mal”. Esta identidad impuesta tiene un impacto directo en su autoestima y en su manera de relacionarse consigo mismo y con los demás.
Escuchar la historia: una intervención que repara
Intervenir desde una mirada que integre TDAH y trauma no significa elegir entre uno u otro, sino comprender cómo se entrelazan. Significa preguntarse qué ha vivido ese niño, qué necesita, qué función cumple su conducta y qué adultos han estado disponibles para él.
Una intervención reparadora pone el foco en:
- La creación de vínculos seguros.
- La regulación emocional compartida.
- La validación de la experiencia vivida.
- La coherencia y previsibilidad del entorno.
Cuando el menor se siente seguro, escuchado y comprendido, muchas conductas disminuyen sin necesidad de control excesivo. No porque “se porte mejor”, sino porque ya no necesita defenderse.
Detrás de la etiqueta, una historia que importa
El TDAH existe y debe ser atendido con rigor y responsabilidad. Pero cuando la etiqueta tapa la historia, deja de ser una herramienta y se convierte en una barrera. Cada niño o niña merece algo más que un diagnóstico: merece que alguien se interese genuinamente por lo que ha vivido.
Because only those who stand up for themselves can support others.
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