Hay un momento que muchos profesionales recuerdan con claridad, aunque rara vez se nombre en voz alta. No suele ocurrir el primer mes ni el primer año. Llega después, cuando la motivación inicial ya no compensa del todo el cansancio acumulado. Un día cualquiera, una situación que antes se habría gestionado con calma se vive con irritación. Aparece la sensación de estar siempre “apagando fuegos”. Y, casi sin darse cuenta, el trabajo empieza a pesar.
Hablar de desgaste emocional en la intervención con menores no es hablar de falta de vocación ni de debilidad profesional. Es hablar de un riesgo estructural de un trabajo que implica una alta implicación emocional, contacto continuado con el sufrimiento y una responsabilidad constante sobre procesos que no siempre avanzan como se espera
El cansancio que no se ve
A diferencia de otros trabajos, el desgaste en la intervención socioeducativa no siempre es evidente. No suele expresarse como agotamiento físico, sino como una mezcla difusa de cansancio mental, frustración y pérdida de ilusión. El profesional sigue cumpliendo, sigue acudiendo al recurso, pero algo se va erosionando por dentro.
Este cansancio invisible aparece cuando las situaciones se repiten, cuando los avances son lentos o cuando las recaídas parecen borrar lo construido. También cuando las expectativas —propias o institucionales— no se ajustan a lo que realmente puede ofrecer la intervención.
En muchos equipos, este malestar se normaliza. Se asume como “parte del trabajo”, sin espacios reales para pensarlo o abordarlo.
Entre la implicación y la sobre implicación
Uno de los límites más difíciles de construir en la intervención con menores es el que separa la implicación profesional de la sobreimplicación emocional. Trabajar bien implica involucrarse, generar vínculo, estar disponible. Pero cuando el profesional se convierte en el único sostén emocional del menor, el equilibrio se rompe.
La sobreimplicación suele aparecer de forma silenciosa: dificultad para desconectar fuera del trabajo, sensación de responsabilidad excesiva, frustración intensa cuando el menor no responde como se espera. Lejos de mejorar la intervención, este exceso suele generar respuestas reactivas, pérdida de criterio y, a medio plazo, desgaste.
Aprender a poner límites no significa desentenderse, sino proteger el vínculo para que sea sostenible.
El equipo como factor de protección… o de riesgo e
El equipo de trabajo es uno de los elementos clave en la prevención del desgaste profesional. Cuando existe cohesión, espacios de palabra y acuerdos claros, el impacto emocional del trabajo se reparte y se procesa. Cuando no, el riesgo se multiplica.
Los equipos fragmentados, con mensajes contradictorios o sin espacios de reflexión, tienden a personalizar los conflictos. Lo que es estructural se vive como un fracaso individual. Esto genera aislamiento, desconfianza y una sensación de soledad profesional muy difícil de sostener.
Cuidar al equipo no es un añadido, es una condición básica para cuidar la intervención.
Cuando el malestar se convierte en norma
En algunos contextos, el desgaste deja de ser algo puntual y pasa a formar parte del funcionamiento habitual. Aparecen discursos cínicos, humor defensivo, distancia emocional excesiva o una aplicación rígida de la norma como mecanismo de autoprotección.
Estas estrategias permiten seguir trabajando, pero a costa de perder la dimensión educativa del vínculo. El riesgo no es solo el abandono del profesional, sino la cronificación de prácticas que ya no ayudan ni al menor ni al propio equipo.
Detectar estos signos a tiempo es clave para evitar que el malestar se instale como cultura de trabajo.
Límites que sostienen, no que alejan
Hablar de límites profesionales suele generar incomodidad, como si implicara frialdad o desinterés. Sin embargo, los límites bien construidos son una forma de cuidado, tanto para el menor como para el profesional.
Poner límites significa:
- No asumir responsabilidades que no corresponden.
- Compartir decisiones en equipo.
- Aceptar que no todo depende de la intervención.
- Reconocer cuándo una situación supera al recurso.
Estos límites permiten intervenir con mayor claridad, reducir la reactividad emocional y sostener el trabajo a largo plazo.
Intervenir con menores es un trabajo profundamente valioso, pero también exigente. Reconocer el desgaste no es rendirse, sino asumir la realidad del oficio. Cuidar los límites, el equipo y la propia formación no es un lujo, sino una condición para seguir interviniendo con sentido.
Porque solo quienes se sostienen pueden sostener a otros.
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