MÁS ALLÁ DEL CONFLICTO:  El rol de la mediación en el bienestar escolar  

Por Eva Cabra

Si analizamos los centros educativos, nos encontramos con un microsistema que reproduce los problemas y realidades sociales del entorno en el que se enmarcan. Es el propio alumnado el que plantea tener conflictos con sus compañeros/as a los que no siempre sabe darles solución, a pesar de querer hacerlo.  

Insultos, malentendidos o agresiones físicas son pequeños enfrentamientos que se dan en las aulas, pasillos o patios de los centros educativos. Querer que estos desaparezcan es inútil, ya que el conflicto es inherente a la persona, por lo que siempre nos vamos a encontrar con situaciones en las que las diferentes posturas de los implicados van a necesitar la ayuda de alguien preparado para guiarles en la búsqueda de la solución de su problema. 

La mediación ofrece a los centros educativos una herramienta más a la que poder acudir para solventar los problemas que surjan en la comunidad educativa. Principalmente con el alumnado, pero también abriendo la puerta a profesorado y padres y madres que quieran apuntarse a esta aventura. 

Es por todo esto que, adoptando las palabras de Bolaños, consideramos que: “El éxito de la mediación no debe medirse por el número de acuerdos conseguidos sino por la repercusiones emocionales que el proceso produce en las partes”. 

El conflicto es propio a la condición humana. Es importante afrontarlo e intentar resolverlo en el momento en que se produce y no esperar a que se resuelva por sí mismo o que el  tiempo se encargue de resolverlo. Si se prolonga en el tiempo el conflicto seguirá aumentando como una bola de nieve y empezará a afectar no sólo a las personas implicadas en el primer momento, sino que contagiará a las relaciones de otros miembros de la  comunidad (Educativa, familiar, social, etc.). 

Lo que es negativo no es el conflicto en sí mismo, si no el no querer, no saber o no poder solucionarlo. Tan malo es negar la posibilidad de un conflicto como el no tomar partido o mostrarnos pasivo ante él. 

Desde que nacemos tenemos que aprender a enfrentarnos a distintas emociones, y saber gestionarlas de una manera adecuada va a ser clave para nuestro futuro. La familia es el primer agente socializador que nos enseña a poner nombre a las emociones y es en el seno de esta donde nos enfrentamos por primera vez a la alegría, el miedo, la ira, la duda o la tristeza. Este primer contacto con el mundo emocional nos prepara para, más tarde, entrar a formar parte de un microsistema que nos mostrará, a pequeña escala, como será la vida en la sociedad en la que estamos creciendo. 

En la escuela se entablan relaciones con los iguales, pero también con figuras de autoridad como son las/os maestras/os, profesorado y padres/madres de otros alumnos/as de la escuela. Es en el ámbito educativo dónde se viven y se refuerzan los valores que aprendemos en la familia. Reproducimos todo lo que se nos ha enseñado hasta ese momento, pero también tenemos la capacidad de seguir aprendiendo. 

La escuela no es solo ese edificio donde se aprenden contenidos sobre distintas materias. Es también una pequeña reproducción de la sociedad en la que se ve inmersa.  

Por este motivo, la escuela es un agente socializador que se nos presenta como un microsistema que refleja la sociedad en la que vivimos, aunque de una manera más controlada y segura. Es nuestro campo de entrenamiento social, donde aprendemos que la vida es también relación y que no siempre vamos a encontrarnos con relaciones pacíficas. En el ámbito educativo, el alumnado debe aprender a gestionar sus conflictos, y es tarea de la comunidad educativa enseñar a los/as niños/as a hacerlo de la mejor manera posible. De este aprendizaje se derivará, en gran parte, como actuarán los que en unos años serán adultos de pleno derecho en la sociedad. 

Las distintas relaciones entre iguales, los roles que aprendemos a desarrollar cada uno en función de nuestras preferencias o habilidades, la asunción de responsabilidades,… son sólo algunos de los aprendizajes que se dan en la escuela y que pretenden enseñarnos a ser personas autónomas, capaces de hallar soluciones a los problemas con los que nos encontremos diariamente, pero asumiendo que no somos independientes, ya que la vida en sociedad implica, no solo vivir, si no convivir con el otro, intentando siempre que esta convivencia sea pacífica, respetando las libertades de los demás y haciendo valer la propia libertad. 

El aula o el patio de un colegio son escenarios donde se aprende todo esto y donde se pueden fraguar miembros de una sociedad que utilicen el diálogo como herramienta para gestionar conflictos, dejando de lado la coacción, las amenazas o las agresiones. De ahí la importancia de la escuela como agente socializador. 

Los centros educativos no están exentos de esta problemática. Las peleas y disputas entre el alumnado son muy diversas, pudiendo llegar a agresiones físicas y verbales, verdaderamente serias, si no se resuelven a tiempo. La escuela sin conflictos no existe, pero una buena convivencia no es la ausencia de problemas, sino una resolución adecuada de los mismos. La gestión democrática de las diferencias y enfrentamientos que puedan surgir en los centros educativos, el afrontamiento del conflicto y la educación en emociones, sentimientos y valores, es la mejor manera de abordar los problemas diarios que puedan aparecer entre los miembros de la comunidad educativa. 

Por otra parte, a medida que el alumnado va creciendo y entrando en la adolescencia, también se suelen dar diferencias entre profesores y alumnos que no siempre se resuelven de una manera satisfactoria para ambas partes. En ocasiones son los padres y madres los que intervienen en los conflictos que se dan en el centro, llegando a enfrentar a estos con los profesores o con otros padres y madres. Por este motivo, se hace esencial la existencia de un espacio de comunicación donde las partes implicadas sean capaces de, a través del diálogo, exponer cuál es el problema y poder encontrar una solución que satisfaga a todos los implicados. 

El conflicto forma parte de la vida y es un motor de progreso, pero en determinadas condiciones, puede conducir a la violencia. Para mejorar la convivencia educativa y prevenir la violencia, es preciso enseñar a resolver conflictos de forma constructiva; es decir, pensando, dialogando y negociando. De este modo desarrollaremos y daremos al alumnado opciones ante cualquier tipo de violencia: ayudar a romper con la tendencia a la reproducción de la violencia, condenar, y enseñar a condenar toda forma de violencia, y ayudando a que los chicos/chicas no se sientan víctimas, desarrollando la Empatía y los Derechos Humanos, previendo la intolerancia, el sexismo, la xenofobia, salvaguardando las minorías étnicas y a los niños/niñas que no se ajustan a los patrones de sexo preconcebidos, romper la conspiración del silencio: no mirar hacia otro lado. Hay que afrontar el problema y ayudar a víctimas y agresores, educar en la ciudadanía democrática y predicar con el ejemplo. 

El valor de la Mediación Educativa es la PREVENCIÓN, además de ayudar a disminuir los conflictos dentro de los centros, favorecer la comunicación entre el alumnado y el alumnado con el profesorado, dotar a un grupo de alumnos/as, profesionales de la educación y padres y madres de las herramientas necesarias para poder abordar los conflictos que puedan surgir, potenciar la vivencia de valores tales como la responsabilidad, la comunicación, la amistad y el compañerismo, favorecer la autoestima y el desarrollo personal y, promover la Cultura de la Paz. 

La prevención es fundamental para que desde la infancia hasta la adolescencia sus derechos sean respetados y protegidos. No podemos olvidar que ellos y ellas son el futuro de nuestra sociedad. 

Desde hace años se vienen tomando medidas que persiguen ser más contundentes y eficaces en su protección .Y el éxito de estas medidas se debe a que todos somos conscientes de la importancia que tiene la protección de nuestros menores. Su bienestar físico y psicológico es esencial para que en el futuro sean adultos con todas sus capacidades desarrolladas. Para ello es indispensable que trabajemos de manera coordinada para conseguir este objetivo. 

Jueces, fiscales, psicólogos/as, pedagogos/as, educadores, políticos y familias somos engranajes de una maquinaria común, cuyo fin es formar y proteger a los/as niños/as de hoy que serán los/as adultos/as de mañana. 

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