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adicción a las redes

ADICCIÓN A LAS REDES SOCIALES EN ADOLESCENTES: ENTRE LA CONEXIÓN Y LA DEPENDENCIA  

 

Una generación conectada desde la infancia 

Las redes sociales forman parte de la vida cotidiana de los adolescentes. No son un añadido secundario ni una simple forma de entretenimiento: son espacios donde se comunican, se muestran, se comparan, se informan, construyen identidad, buscan reconocimiento y pertenecen a un grupo. Para muchos chicos y chicas, estar en redes no significa únicamente “pasar el rato”, sino participar en una parte importante de su mundo social. 

Por eso, cuando hablamos de adicción o dependencia a las redes sociales, conviene hacerlo con cuidado. No se trata de demonizar la tecnología ni de presentar a los adolescentes como víctimas pasivas de las pantallas. Las redes pueden tener usos positivos. Permiten mantener vínculos, compartir intereses, acceder a información, expresar creatividad, encontrar comunidades de apoyo y participar en causas sociales. El problema no está en la existencia de las redes, sino en la forma en que se usan, en el tiempo que ocupan, en la función emocional que cumplen y en el grado de control que el adolescente mantiene sobre ellas. 

La adolescencia es una etapa especialmente vulnerable porque coincide con una intensa búsqueda de identidad y validación externa. La mirada de los demás adquiere un peso enorme. Gustar, encajar, ser aceptado, no quedar fuera y recibir reconocimiento pueden convertirse en necesidades muy presentes. Las redes sociales amplifican estas dinámicas porque ofrecen una exposición constante y una respuesta inmediata: likes, comentarios, visualizaciones, seguidores, mensajes, menciones o silencios que también se interpretan. 

En este contexto, algunos adolescentes empiezan a relacionarse con las redes de forma dependiente. No las usan solo para comunicarse o entretenerse, sino para regular su estado de ánimo, escapar del malestar, evitar la soledad, calmar la ansiedad o sentirse valorados. Cuando el móvil se convierte en el principal refugio emocional y la desconexión genera irritabilidad, angustia o vacío, ya no estamos hablando solo de uso frecuente, sino de una relación problemática. 

Del uso habitual al uso problemático 

No todo uso intenso de redes sociales es una adicción. Esta distinción es importante porque los adolescentes viven en un entorno profundamente digitalizado. Estudian, se relacionan, organizan planes, consumen cultura y participan socialmente a través de dispositivos. Decir simplemente que “usan mucho el móvil” no es suficiente para hablar de dependencia. 

El uso problemático aparece cuando las redes empiezan a ocupar un lugar desproporcionado en la vida del adolescente y afectan a áreas importantes de su desarrollo. Puede haber pérdida de control sobre el tiempo de conexión, dificultad para dejar el móvil aunque se quiera hacerlo, abandono de actividades significativas, reducción del contacto presencial, problemas de sueño, bajada del rendimiento académico, conflictos familiares frecuentes o malestar emocional cuando no se puede acceder a las redes. 

La clave no está solo en cuántas horas se usan, sino en qué ocurre cuando no se usan. Un adolescente puede pasar mucho tiempo conectado por motivos sociales, académicos o de ocio y, aun así, conservar otros intereses, descansar adecuadamente, mantener relaciones presenciales y desconectar sin gran sufrimiento. En cambio, otro puede usar redes menos horas, pero vivirlas con una necesidad compulsiva, ansiedad constante y dependencia emocional. 

Las redes están diseñadas para captar atención. La actualización infinita, las notificaciones, los vídeos breves, los algoritmos personalizados y la recompensa variable hacen que siempre haya algo más que mirar. El adolescente no solo entra en la aplicación; la aplicación lo retiene. La sensación de que el siguiente vídeo, mensaje o publicación puede ser más interesante dificulta el cierre. Muchas veces no se abandona la pantalla porque falte voluntad, sino porque el propio entorno digital está construido para prolongar la permanencia. 

Esto no elimina la responsabilidad educativa, pero sí obliga a comprender el fenómeno con más profundidad. No estamos ante una cuestión de “falta de disciplina” únicamente. Estamos ante una combinación de factores tecnológicos, emocionales, sociales y evolutivos que hacen que algunos adolescentes tengan muchas dificultades para autorregularse. 

La necesidad de estar disponible todo el tiempo 

Una de las características más visibles de la dependencia a las redes sociales es la sensación de disponibilidad permanente. Muchos adolescentes sienten que deben responder rápido, estar al día, ver lo que ocurre, contestar mensajes, reaccionar a publicaciones y no perderse ninguna conversación. La desconexión se vive como una forma de desaparición social. 

Aquí aparece el conocido miedo a quedarse fuera, el FOMO, entendido como la ansiedad que surge ante la posibilidad de que otros estén viviendo experiencias, conversaciones o vínculos de los que uno no participa. En la adolescencia, donde la pertenencia al grupo es tan importante, este miedo puede ser especialmente intenso. No mirar el móvil puede significar no enterarse de un plan, no responder a tiempo, no reaccionar a una broma, no ver una historia antes de que desaparezca o no participar en una conversación grupal. 

Esta presión genera una relación de vigilancia continua. El adolescente revisa el móvil aunque no haya notificaciones. Lo desbloquea de manera automática. Interrumpe tareas, comidas, conversaciones o momentos de descanso para comprobar si hay novedades. A veces ni siquiera disfruta de lo que ve, pero siente la necesidad de mirar. 

La disponibilidad permanente también afecta a la intimidad y al descanso. Antes, la casa podía ser un espacio de desconexión respecto al grupo de iguales. Hoy, las relaciones sociales entran en la habitación, en la cama, en la madrugada y en los momentos de vulnerabilidad. Un conflicto, una comparación o un comentario desagradable pueden aparecer justo antes de dormir. La mente adolescente permanece activada cuando debería prepararse para descansar. 

El sueño es uno de los ámbitos más perjudicados. Muchos chicos y chicas retrasan la hora de dormir por seguir conectados, ven vídeos durante largos periodos o se despiertan para consultar el móvil. La falta de sueño afecta al estado de ánimo, la concentración, la memoria, el rendimiento escolar y la capacidad de regular emociones. A menudo se aborda como un problema de conducta, pero también es un problema de salud y desarrollo. 

Autoestima, comparación y búsqueda de validación 

Las redes sociales ofrecen una ventana constante a la vida de los demás. Pero esa ventana no muestra la realidad completa, sino una selección editada. Se publican momentos agradables, cuerpos favorecidos, planes atractivos, logros, viajes, amistades, fiestas, frases ingeniosas y versiones cuidadosamente construidas de uno mismo. Aunque los adolescentes sepan racionalmente que las redes no reflejan toda la realidad, emocionalmente pueden compararse con lo que ven. 

La comparación constante puede afectar de forma profunda a la autoestima. Una adolescente puede sentir que su cuerpo no encaja, que su vida es aburrida, que tiene menos amigos, que no recibe suficiente atención o que no alcanza determinados estándares de belleza, éxito o popularidad. Un chico puede medir su valor por su número de seguidores, su capacidad de generar humor, su físico, su rendimiento o la imagen de seguridad que proyecta. 

El problema no es solo compararse, sino hacerlo en un entorno donde la validación aparece cuantificada. Los likes, comentarios, visualizaciones y seguidores convierten la aprobación social en números visibles. Esto puede generar una dependencia emocional del reconocimiento externo. Una publicación que recibe poca respuesta puede vivirse como rechazo. Una historia que no es vista por determinada persona puede interpretarse como desinterés. Un comentario negativo puede ocupar más espacio emocional que decenas de respuestas positivas. 

En algunos casos, el adolescente empieza a construir su imagen en función de lo que obtiene más aprobación. Publica lo que cree que gustará, borra lo que no funciona, modifica su forma de mostrarse y queda atrapado en una especie de evaluación permanente. La pregunta deja de ser “¿quién soy?” y pasa a ser “¿qué versión de mí recibe más aceptación?”. 

Esta dinámica puede resultar especialmente delicada en menores con inseguridad, baja autoestima, dificultades de relación, experiencias de rechazo o carencias afectivas. Las redes pueden convertirse en una fuente rápida de validación, pero también en un espacio que aumenta la dependencia de esa mirada externa. Cuanto más se necesita la aprobación, más vulnerable se vuelve la persona a la comparación, al rechazo y a la presión. 

Cuando las redes funcionan como refugio emocional 

Muchos adolescentes no usan las redes solo por diversión. Las usan para no pensar, para no sentirse solos, para escapar de conflictos, para calmar la ansiedad, para llenar silencios o para evitar emociones incómodas. En esos casos, la red social funciona como un regulador emocional externo. 

Esto no siempre es negativo. Todas las personas buscamos distracciones cuando estamos cansadas o preocupadas. El problema aparece cuando esa estrategia se convierte en la principal o única forma de gestionar el malestar. Si cada momento de tristeza, aburrimiento, frustración o ansiedad se tapa con pantalla, el adolescente no desarrolla otras herramientas para sostener lo que siente. 

El uso compulsivo puede esconder necesidades no atendidas. A veces hay soledad. A veces hay falta de actividades significativas. A veces hay problemas familiares, dificultades escolares, inseguridad corporal, conflictos con iguales o ausencia de espacios donde hablar. La pantalla no crea todos esos problemas, pero puede taparlos temporalmente y dificultar que se aborden. 

Por eso, limitar el tiempo de uso puede ser necesario, pero no suficiente. Si se retira el móvil sin comprender qué función cumple, puede aparecer más irritabilidad, angustia o resistencia. La pregunta educativa no debería ser solo “¿cuánto tiempo estás conectado?”, sino también “¿para qué necesitas estar conectado?”, “¿qué sientes cuando no puedes mirar el móvil?”, “¿qué estás evitando cuando entras una y otra vez en redes?”. 

Cuando las redes funcionan como refugio emocional, la intervención debe ampliar alternativas. No basta con prohibir. Hay que ofrecer espacios de relación, actividades que generen autoestima, oportunidades de participación, rutinas saludables, conversaciones significativas y estrategias de regulación emocional. El objetivo no es únicamente que el adolescente use menos el móvil, sino que necesite menos depender de él para sentirse bien. 

Señales que pueden indicar dependencia 

La dependencia a las redes sociales no aparece de un día para otro. Suele construirse progresivamente. Al principio puede parecer un uso habitual, pero poco a poco se observan cambios en la conducta, el estado de ánimo y la organización de la vida diaria. 

Una señal importante es la pérdida de control. El adolescente dice que va a mirar el móvil cinco minutos y permanece conectado mucho más tiempo. Intenta reducir el uso, pero no lo consigue. Se propone dejarlo antes de dormir y vuelve a caer en la misma dinámica. Esta pérdida de control suele ir acompañada de sensación de culpa o frustración, aunque no siempre se exprese abiertamente. 

También puede aparecer malestar cuando no tiene acceso al dispositivo. Irritabilidad, nerviosismo, enfado, inquietud o sensación de vacío cuando se queda sin batería, sin conexión o cuando se le retira el móvil. En algunos casos, la familia interpreta estas reacciones como simple desafío, pero conviene observar si existe una dependencia emocional real hacia la conexión. 

Otra señal es el desplazamiento de otras actividades. El adolescente deja de hacer cosas que antes disfrutaba, reduce el contacto presencial, abandona aficiones, evita salir, descuida responsabilidades o pierde interés por actividades no digitales. No se trata de que las redes sean su único ocio, sino de que empiecen a ocupar el lugar de todo lo demás. 

El impacto en el sueño y en el rendimiento académico también debe preocupar. Dormir poco por estar conectado, estudiar con interrupciones constantes, no poder concentrarse sin revisar notificaciones o retrasar tareas por consumo de vídeos y publicaciones son señales de que el uso está interfiriendo en el funcionamiento diario. 

Finalmente, hay que prestar atención al estado emocional. Si después de usar redes el adolescente se muestra más triste, ansioso, irritable, inseguro o comparado, conviene revisar qué está ocurriendo. A veces las redes no producen bienestar, pero aun así se siguen usando de manera compulsiva. Esa combinación —malestar y dificultad para parar— es especialmente significativa. 

El papel de las familias: acompañar antes que perseguir 

Las familias tienen un papel fundamental, pero no siempre resulta fácil. Muchas madres y padres sienten que han llegado tarde, que no entienden las aplicaciones, que sus hijos saben más que ellos o que cualquier intento de poner límites termina en conflicto. Esta sensación puede llevar a dos extremos: permisividad total o control rígido. Ninguno de los dos suele funcionar por sí solo. 

Acompañar no significa invadir. Tampoco significa dejar hacer sin criterio. Implica interesarse por la vida digital del adolescente con la misma naturalidad con la que se pregunta por sus amistades, sus estudios o sus actividades. Preguntar qué redes usa, qué le gusta ver, con quién habla, qué le hace sentir bien o mal, qué influencers sigue o qué tipo de contenido le aparece no debería vivirse como espionaje, sino como parte del acompañamiento educativo. 

El diálogo es más eficaz cuando no parte del juicio. Si cada conversación sobre redes empieza con reproches, el adolescente probablemente ocultará información. En cambio, si percibe curiosidad real, puede abrirse más. Esto no significa renunciar a los límites, sino construirlos desde una relación de confianza. 

Los límites son necesarios. La adolescencia no elimina la responsabilidad adulta de establecer normas. Pero deben ser claros, proporcionados y coherentes. No tiene sentido exigir a un adolescente que no use el móvil en la mesa si los adultos responden mensajes durante la comida. Tampoco ayuda prohibir de forma arbitraria sin explicar el motivo. Las normas deben cuidar el sueño, el estudio, la convivencia, la intimidad y la salud emocional. 

Especialmente importante es proteger la noche. El descanso no puede depender únicamente de la autorregulación adolescente, porque muchas aplicaciones están diseñadas para dificultar la desconexión. Sacar el móvil de la habitación, establecer horarios de apagado o crear rutinas familiares sin pantallas puede ser una medida de cuidado, no un castigo. 

Centros educativos y profesionales: educar en ciudadanía digital 

La escuela y los recursos socioeducativos también tienen un papel esencial. Durante años, la respuesta adulta ante las redes se ha centrado demasiado en prohibir o advertir de peligros. Sin embargo, los adolescentes necesitan algo más que mensajes de alarma. Necesitan educación digital, pensamiento crítico y habilidades para habitar estos espacios de manera saludable. 

Educar en ciudadanía digital significa hablar de privacidad, identidad, algoritmos, desinformación, autoestima, consentimiento, exposición de la imagen, violencia digital, presión grupal y huella digital. Significa ayudarles a comprender que las redes no son espacios neutros, sino entornos diseñados con intereses económicos, capaces de influir en la atención, el deseo, la opinión y el comportamiento. 

También es importante trabajar la relación entre redes y emociones. Muchas veces se habla del riesgo externo —contacto con desconocidos, difusión de imágenes, ciberacoso—, pero menos del impacto interno: comparación, ansiedad, dependencia de la validación, dificultad para aburrirse, pérdida de concentración o necesidad de disponibilidad permanente. 

Los profesionales que trabajan con adolescentes pueden generar espacios de reflexión donde no se les trate como culpables, sino como protagonistas capaces de analizar su propia experiencia. Preguntarles cómo se sienten después de usar redes, qué contenidos les hacen daño, qué les engancha, qué les gustaría cambiar o qué normas consideran razonables puede ser más transformador que imponer discursos cerrados. 

La prevención debe ser continuada. Una charla aislada puede sensibilizar, pero no cambia hábitos profundamente instalados. Es necesario integrar la educación digital en tutorías, programas de convivencia, intervención familiar, educación emocional y espacios de participación adolescente. 

No se trata de apagar el mundo digital, sino de recuperar el control 

Uno de los errores más frecuentes es plantear el debate como si solo hubiera dos opciones: permitir todo o prohibir todo. La realidad es más compleja. Las redes forman parte del mundo actual y los adolescentes necesitan aprender a usarlas, no solo a evitarlas. La meta no debería ser aislarlos de la tecnología, sino ayudarles a recuperar el control sobre su atención, su tiempo, su imagen y su bienestar. 

Un uso saludable de redes permite entrar y salir sin angustia. Permite disfrutar sin depender. Permite comunicarse sin vivir sometido a la respuesta inmediata. Permite compartir sin convertir la propia identidad en un escaparate permanente. Permite informarse sin perder la capacidad crítica. Permite entretenerse sin abandonar el descanso, los estudios, el cuerpo y las relaciones presenciales. 

Para llegar a ese punto, los adolescentes necesitan adultos presentes, no solo adultos vigilantes. Necesitan límites, pero también ejemplo. Necesitan normas, pero también alternativas. Necesitan que alguien les ayude a entender por qué les cuesta tanto desconectar, sin reducirlo todo a pereza o falta de voluntad. 

La desconexión no puede presentarse únicamente como renuncia. Debe convertirse en una oportunidad para recuperar otras experiencias: dormir mejor, conversar sin interrupciones, practicar deporte, crear, aburrirse, leer, caminar, quedar con amistades, participar en actividades, estar en silencio o simplemente no estar disponible todo el tiempo. 

Conclusión: acompañar la vida digital para cuidar la vida real 

La adicción a las redes sociales en adolescentes no puede entenderse solo como un problema individual. Es el resultado de una etapa evolutiva vulnerable, unas necesidades emocionales intensas, una presión social constante y unas plataformas diseñadas para captar atención. Por eso, la respuesta tampoco puede ser simple. 

No basta con decir “deja el móvil”. Hay que comprender qué lugar ocupa ese móvil en la vida del adolescente. Puede ser ocio, refugio, escaparate, vínculo, comparación, pertenencia, evasión o validación. Solo entendiendo esa función podremos intervenir de manera educativa. 

Las redes sociales no son enemigas por sí mismas, pero pueden convertirse en un espacio de dependencia cuando sustituyen el descanso, la autoestima, la relación presencial, la concentración o la capacidad de estar a solas. El reto está en ayudar a los adolescentes a usarlas sin quedar atrapados en ellas. 

Acompañar la vida digital es hoy una forma imprescindible de cuidar la vida real. Significa educar en límites, pensamiento crítico, autoestima, privacidad, descanso y relaciones sanas. Significa recordar que ningún adolescente debería medir su valor en likes, seguidores o visualizaciones. Y significa transmitir una idea fundamental: estar conectado puede ser positivo, pero vivir pendiente de una pantalla no debería impedir vivir plenamente fuera de ella. 

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Violencia de género

VIOLENCIA DE GÉNERO EN PAREJAS ADOLESCENTES: CUANDO EL CONTROL SE CONFUNDE CON AMOR  

 

 

Cuando se habla de violencia de género, muchas veces se piensa en relaciones adultas, convivencias prolongadas, matrimonios o situaciones familiares complejas. Sin embargo, la violencia de género también puede aparecer en las primeras relaciones afectivas, en esos primeros vínculos de pareja que se construyen durante la adolescencia y que, precisamente por ser los primeros, tienen una enorme influencia en la manera en que chicos y chicas aprenden a relacionarse, a querer y a dejarse querer. 

La adolescencia es una etapa de descubrimiento. Se empieza a experimentar el deseo, la intimidad, la atracción, la necesidad de pertenecer, la búsqueda de identidad y la construcción de una imagen propia ante los demás. En ese contexto, las primeras relaciones sentimentales pueden vivirse con mucha intensidad. Todo parece definitivo, urgente, absoluto. Un mensaje sin contestar puede generar angustia, una discusión puede parecer el final del mundo y una muestra de atención puede confundirse fácilmente con una prueba de amor. 

El problema aparece cuando esa intensidad emocional se mezcla con ideas equivocadas sobre el amor. Cuando los celos se interpretan como señal de interés. Cuando el control se confunde con cuidado. Cuando la posesividad se vive como una forma de compromiso. Cuando una adolescente llega a pensar que su pareja la controla porque la quiere mucho, o cuando un chico entiende que tener novia significa tener derecho a decidir con quién habla, cómo se viste, dónde está o qué pública. 

La violencia de género en parejas adolescentes no suele empezar con una agresión física evidente. Generalmente comienza de forma más sutil, casi imperceptible, a través de pequeños comentarios, exigencias, enfados, reproches o chantajes emocionales que van limitando progresivamente la libertad de la chica. Al principio pueden parecer “cosas de pareja”, discusiones normales o muestras de inseguridad. Pero cuando esas conductas se repiten, generan miedo, culpa o pérdida de autonomía, dejan de ser conflictos propios de una relación y pasan a formar parte de una dinámica de violencia. 

El amor romántico como terreno de riesgo 

Uno de los factores que más favorece la normalización de la violencia en las parejas adolescentes es la persistencia de ciertos mitos del amor romántico. Aunque socialmente se ha avanzado mucho en el discurso sobre igualdad, todavía siguen circulando ideas profundamente dañinas sobre lo que significa amar. Muchas películas, canciones, series, redes sociales y relatos cotidianos continúan transmitiendo que amar es sufrir, que los celos son inevitables, que una relación verdadera debe ser exclusiva hasta el extremo o que la pareja debe ocuparlo todo. 

En la adolescencia, estas ideas pueden tener un impacto especialmente fuerte. La necesidad de ser elegido o elegida, el miedo al rechazo y la presión del grupo hacen que algunas chicas acepten conductas que les incomodan porque creen que forman parte de una relación normal. A veces se interpreta que una pareja “de verdad” debe responder rápido a los mensajes, compartir contraseñas, contar absolutamente todo, renunciar a ciertas amistades o priorizar siempre a la otra persona por encima de cualquier otro vínculo. 

Esta visión del amor no educa en la libertad, sino en la dependencia. No enseña a construir relaciones sanas, sino relaciones basadas en la posesión. En lugar de entender la pareja como un espacio de cuidado mutuo, respeto y crecimiento, se convierte en un espacio donde una persona vigila y la otra se adapta para evitar conflictos. 

Una relación sana no exige desaparecer como persona. No obliga a abandonar amistades, cambiar la forma de vestir, dejar de hacer actividades, ocultar opiniones o vivir pendiente de no molestar. El amor no debería generar miedo. Tampoco debería hacer que una adolescente sienta que debe pedir permiso para ser quien es. 

Por eso es tan importante trabajar con adolescentes una idea clara: querer a alguien no da derecho a controlar su vida. Amar no es poseer. Amar no es vigilar. Amar no es decidir por la otra persona. Una relación afectiva puede ser intensa, emocionante y significativa sin dejar de ser respetuosa. 

Las formas de control más frecuentes 

En las parejas adolescentes, la violencia de género suele manifestarse a través de formas de control que, al principio, pueden pasar desapercibidas. No siempre aparecen gritos, insultos o agresiones físicas. Muchas veces el control se presenta disfrazado de preocupación. “Te lo digo por tu bien”. “No me gusta que vayas con esa gente”. “Si me quisieras, no harías eso”. “No hace falta que salgas, quédate hablando conmigo”. “Mándame una foto para ver dónde estás”. “Enséñame el móvil si no tienes nada que ocultar”. 

Estas frases pueden parecer aisladas, pero cuando se convierten en una pauta repetida generan una relación desigual. La chica empieza a modificar su conducta para evitar enfados. Deja de subir ciertas fotos, contesta más rápido, se aleja de algunas amistades, cambia su forma de vestir o evita planes que antes disfrutaba. Poco a poco, su mundo se reduce. 

El control digital ha intensificado este problema. Antes, una persona podía controlar a su pareja en determinados espacios físicos. Ahora, el control puede ser permanente. Las redes sociales, la mensajería instantánea, la geolocalización y la necesidad de estar siempre disponible han abierto nuevas formas de vigilancia. Saber si alguien está en línea, si ha leído un mensaje, a quién ha seguido, quién le ha dado “me gusta” o dónde se encuentra puede convertirse en una fuente constante de presión. 

En muchas relaciones adolescentes aparece la exigencia de disponibilidad inmediata. No contestar en pocos minutos puede dar lugar a discusiones, acusaciones o sospechas. También puede aparecer la revisión del teléfono móvil, la petición de contraseñas o la obligación de borrar contactos. Estas conductas no son muestras de confianza, sino precisamente lo contrario: expresan una relación basada en la sospecha y en el control. 

Otro aspecto preocupante es el control sobre la imagen. Algunas adolescentes reciben comentarios sobre cómo deben vestirse, qué fotos pueden publicar o qué partes de su cuerpo pueden mostrar. La pareja puede criticar una falda, un escote, una postura, una fotografía o incluso una forma de maquillarse. La chica puede acabar interiorizando que debe adaptar su imagen para evitar conflictos, como si su cuerpo o su presencia pública pertenecieran también a su pareja. 

La violencia también puede aparecer en el terreno sexual. En algunas relaciones se producen presiones para mantener relaciones sexuales, enviar imágenes íntimas o realizar prácticas que la chica no desea. A veces la presión se ejerce mediante chantaje emocional: “Si me quisieras, lo harías”, “todas las parejas lo hacen”, “si no quieres, será porque no te gusto”, “si no me mandas una foto, es que no confías en mí”. Este tipo de coacción es especialmente grave porque afecta a la libertad, la intimidad y la dignidad de la adolescente. 

Cuando la víctima no se reconoce como víctima 

Una de las grandes dificultades para detectar la violencia de género en la adolescencia es que muchas chicas no identifican lo que les ocurre como violencia. Pueden sentirse mal, agobiadas, tristes o culpables, pero no necesariamente interpretan la relación como una relación violenta. Esto sucede por varias razones. 

En primer lugar, porque existe una idea muy limitada de la violencia. Muchas adolescentes asocian violencia únicamente con golpes, amenazas graves o agresiones visibles. Si no hay violencia física, pueden pensar que “no es para tanto”. Sin embargo, la violencia psicológica, el control, la humillación, el aislamiento y la presión emocional también son formas de violencia, aunque no dejen marcas en el cuerpo. 

En segundo lugar, porque la relación suele tener momentos positivos. El chico puede ser cariñoso, pedir perdón, prometer cambios, mostrarse vulnerable o alternar episodios de control con gestos de afecto. Esta alternancia genera confusión. La adolescente puede pensar que la parte buena de la relación compensa la parte dolorosa, o que si ella actúa de otra manera podrá evitar los conflictos. 

En tercer lugar, porque la culpa tiene un papel central. En las relaciones de violencia, la víctima suele acabar sintiéndose responsable de lo que ocurre. Cree que si hubiera contestado antes, si no hubiera salido, si no hubiera subido esa foto o si no hubiera hablado con determinada persona, la discusión no habría pasado. El agresor desplaza la responsabilidad hacia ella y la hace creer que su comportamiento justifica el control. 

Además, en la adolescencia pesa mucho la opinión del grupo. A veces la relación está integrada en el círculo de amistades, en el instituto, en redes sociales o en espacios compartidos. Romper la relación puede suponer exponerse a rumores, pérdida de amistades, presión social o miedo a ser juzgada. También puede haber miedo a quedarse sola, a no ser creída o a que se minimice lo ocurrido. 

Por eso no basta con decirle a una adolescente “déjalo” o “eso no te conviene”. Desde fuera puede parecer evidente, pero desde dentro la situación suele ser mucho más compleja. La intervención adulta debe partir de la comprensión, no del reproche. Si la chica se siente juzgada, probablemente se cierre. Si se siente escuchada, puede empezar a poner palabras a lo que vive. 

Señales de alerta que deben preocuparnos 

Detectar la violencia de género en parejas adolescentes exige mirar más allá de los episodios evidentes. A veces las señales aparecen en pequeños cambios de conducta. Una adolescente que antes participaba en actividades y empieza a aislarse. Una chica que deja de quedar con sus amigas. Cambios bruscos en la forma de vestir. Ansiedad constante por responder mensajes. Miedo a que su pareja se enfade. Pérdida de espontaneidad. Justificación continua de los comportamientos del otro. Descenso del rendimiento académico. Irritabilidad, tristeza o sensación de agotamiento emocional. 

También puede observarse una pérdida progresiva de autonomía. La adolescente consulta todo con su pareja, evita tomar decisiones sin contar con él o parece necesitar su aprobación para planes cotidianos. Puede mostrarse tensa cuando recibe mensajes, ocultar discusiones, minimizar comentarios humillantes o defender a su pareja incluso cuando se siente mal. 

En ocasiones, las amistades detectan antes que la propia víctima que algo no va bien. Ven cómo cambia, cómo deja de ser ella misma, cómo se aleja o cómo vive pendiente del móvil. Sin embargo, no siempre saben cómo actuar. Pueden presionarla para que termine la relación, enfadarse con ella por volver con su pareja o alejarse por frustración. Aunque estas reacciones son comprensibles, pueden aumentar el aislamiento de la chica. 

Los adultos también deben prestar atención a las frases que normalizan el control. Expresiones como “es muy celoso porque me quiere”, “no le gusta que salga con mis amigas”, “prefiere que no suba fotos”, “se enfada si tardo en contestar” o “me ha pedido la contraseña porque dice que las parejas no tienen secretos” deben ser escuchadas con seriedad. No se trata de alarmarse ante cualquier conflicto adolescente, sino de valorar si existe una pauta de dominio, miedo o limitación de la libertad. 

La clave no está en un hecho aislado, sino en la repetición y en el efecto que produce. Todas las parejas pueden discutir. Todas las personas pueden sentir inseguridad en algún momento. Pero cuando una relación hace que una chica pierda libertad, se sienta culpable constantemente o tenga miedo a la reacción de su pareja, estamos ante una situación que requiere atención. 

El papel de los chicos: educar también en masculinidades sanas 

Hablar de violencia de género en parejas adolescentes no significa señalar a todos los chicos como agresores. Significa reconocer que todavía existen modelos de masculinidad que enseñan a algunos chicos a relacionarse desde el dominio, la posesividad o la superioridad. Y significa, sobre todo, asumir que la prevención también pasa por trabajar con ellos. 

Muchos adolescentes han crecido recibiendo mensajes contradictorios. Por un lado, escuchan discursos sobre igualdad. Por otro, siguen expuestos a referentes que asocian la masculinidad con el control, la dureza emocional, la competitividad sexual o la necesidad de demostrar poder. En algunos grupos, controlar a la pareja puede incluso ser visto como una forma de reafirmación. Se ridiculiza al chico que “deja hacer” a su novia o se refuerza al que presume de dominar la relación. 

Es fundamental enseñar a los chicos que una relación no se sostiene desde la vigilancia, sino desde la confianza. Que sentir celos no legitima controlar. Que una emoción no justifica una conducta dañina. Que la inseguridad propia debe trabajarse, no trasladarse a la pareja. Que nadie tiene derecho a exigir contraseñas, revisar conversaciones, imponer ropa, presionar sexualmente o decidir con quién puede relacionarse otra persona. 

La educación afectivo-sexual debe incluir una reflexión profunda sobre consentimiento, respeto, igualdad y gestión emocional. No basta con decir “no controles”. Hay que ayudar a comprender qué hay detrás de la necesidad de controlar, cómo se construye una relación sana, cómo se manejan los celos, cómo se comunica el malestar sin agredir y cómo se acepta que la otra persona tiene vida propia. 

También es importante trabajar la responsabilidad del grupo. Muchos comportamientos violentos se mantienen porque el entorno los tolera, los minimiza o incluso los celebra. Los amigos pueden reír comentarios machistas, justificar actitudes de control o mirar hacia otro lado ante conductas humillantes. Educar a los chicos implica también enseñarles a no ser cómplices, a cuestionar estas dinámicas y a intervenir cuando detectan comportamientos dañinos en su grupo. 

Familias y profesionales: acompañar sin invadir 

Cuando una familia o un profesional sospecha que una adolescente puede estar viviendo una relación de violencia, la forma de acercarse es decisiva. Una reacción excesivamente brusca puede provocar rechazo. Prohibir la relación sin más, quitar el móvil, insultar a la pareja o presionar a la chica para que rompa inmediatamente puede hacer que se cierre, que oculte más información o que defienda aún más la relación. 

El acompañamiento debe combinar firmeza y cuidado. Firmeza para nombrar lo que está ocurriendo y no normalizar el control. Cuidado para no culpabilizar a la adolescente ni hacerla sentir ingenua o responsable. Es importante transmitirle que lo que vive no es amor sano, pero también que no está sola y que puede hablar sin miedo. 

Las preguntas abiertas suelen ser más útiles que las acusaciones. En lugar de decir “tu novio es un maltratador y tienes que dejarlo”, puede ser más eficaz preguntar: “¿Cómo te sientes cuando se enfada?”, “¿has dejado de hacer cosas que antes te gustaban por evitar problemas?”, “¿sientes que puedes ser tú misma en la relación?”, “¿te da miedo contarle determinados planes?”, “¿te sientes libre?”. Estas preguntas permiten que la propia adolescente empiece a revisar la relación. 

También es importante reforzar su red de apoyo. La violencia tiende a aislar. Por eso, recuperar vínculos con amigas, familia, referentes educativos o profesionales de confianza puede ser una parte esencial del proceso. La adolescente necesita sentir que tiene otros espacios, otras miradas y otras formas de apoyo más allá de la pareja. 

En contextos educativos, de protección o de intervención social, los equipos profesionales deben tener protocolos claros de detección y actuación. No se trata solo de trabajar el caso cuando la violencia ya es evidente, sino de generar espacios preventivos donde se pueda hablar de relaciones sanas, consentimiento, redes sociales, celos, control y autoestima. La prevención no puede reducirse a una charla puntual el 25 de noviembre. Debe formar parte de una educación afectiva continuada. 

La importancia de nombrar la violencia sin culpabilizar 

Nombrar la violencia es necesario. Si no se nombra, se invisibiliza. Pero nombrarla no significa etiquetar de manera precipitada ni imponer un relato que la adolescente todavía no puede asumir. Muchas veces, el proceso de toma de conciencia es gradual. Primero aparece la incomodidad. Después la duda. Más tarde, la identificación de conductas concretas. Finalmente, puede llegar la comprensión de que la relación era dañina o violenta. 

Durante ese proceso, el lenguaje importa. Decirle a una chica “cómo has permitido eso” o “yo ya te lo advertí” puede aumentar la vergüenza. Y la vergüenza es una barrera enorme para pedir ayuda. En cambio, mensajes como “lo que te está pasando le ocurre a muchas chicas”, “no es culpa tuya”, “nadie tiene derecho a controlarte” o “podemos buscar ayuda juntas” abren una puerta. 

La violencia de género en adolescentes no debe abordarse desde el morbo ni desde el alarmismo, sino desde la responsabilidad educativa. Hay que evitar tanto la minimización como la dramatización paralizante. Minimizar impide actuar. Dramatizar sin acompañar puede generar miedo o bloqueo. Lo fundamental es ayudar a identificar, proteger, reparar y prevenir. 

También es importante tener en cuenta que una adolescente puede volver con su pareja después de haber contado situaciones graves. Esto no significa que haya mentido ni que no necesite ayuda. Forma parte de la complejidad de muchas relaciones violentas. La dependencia emocional, el miedo, la esperanza de cambio y la presión social pueden hacer que la ruptura no sea lineal. Por eso el acompañamiento debe mantenerse incluso cuando la chica toma decisiones que los adultos no comprenden o no comparten. 

Educar en relaciones sanas desde la infancia 

La prevención de la violencia de género en parejas adolescentes no empieza cuando aparece la primera relación. Empieza mucho antes, en la manera en que educamos sobre el cuerpo, los límites, las emociones, la igualdad y el respeto. 

Desde la infancia se puede enseñar que nadie tiene derecho a invadir nuestro espacio, que decir “no” es legítimo, que cuidar no es controlar y que querer a alguien no significa obedecerle. También se puede educar en corresponsabilidad, empatía y resolución pacífica de conflictos. Los niños y niñas aprenden no solo por lo que se les dice, sino por lo que ven. Observan cómo se tratan los adultos, cómo se reparten las tareas, cómo se gestionan los desacuerdos, cómo se habla de hombres y mujeres, cómo se validan o se ridiculizan las emociones. 

En la adolescencia, esta educación debe hacerse más explícita. Hay que hablar de relaciones de pareja, de deseo, de consentimiento, de límites, de redes sociales, de pornografía, de presión grupal y de violencia digital. Evitar estos temas no protege a los adolescentes; los deja solos frente a discursos mucho más potentes y accesibles, muchos de ellos profundamente machistas o distorsionados. 

Educar en relaciones sanas implica enseñar que una pareja no debe completar una carencia, sino acompañar una vida que ya tiene valor. Que la confianza no se demuestra entregando la intimidad. Que el amor no exige pruebas constantes. Que una relación puede terminar y eso no convierte a nadie en un fracaso. Que los conflictos se hablan, no se imponen. Que la libertad de la otra persona no es una amenaza, sino una condición imprescindible para que el vínculo sea sano. 

Amar no puede significar perderse 

La violencia de género en parejas adolescentes nos obliga a mirar con atención las primeras formas de amar. No para controlar la vida afectiva de los adolescentes, sino para acompañarla mejor. No para sembrar miedo, sino para ofrecer herramientas. No para negar la intensidad de sus emociones, sino para ayudarles a distinguir entre intensidad y daño. 

Una adolescente que vive pendiente del enfado de su pareja no está viviendo una relación sana. Una chica que cambia su forma de vestir, se aleja de sus amistades o entrega sus contraseñas por miedo a una discusión no está siendo cuidada, está siendo controlada. Un chico que necesita vigilar, imponer o presionar no está demostrando amor, está ejerciendo poder. 

El reto educativo está en desmontar esas confusiones. En repetir, tantas veces como sea necesario, que los celos no son una prueba de amor, que el control no es protección, que la posesión no es compromiso y que la violencia no siempre empieza con un golpe. A veces empieza con un “no me gusta que salgas”, con un “mándame tu ubicación”, con un “si me quisieras, lo harías”. 

Frente a ello, familias, centros educativos, profesionales y comunidad tenemos una responsabilidad compartida: crear espacios donde los y las adolescentes puedan hablar de sus relaciones sin miedo, revisar sus ideas sobre el amor, reconocer señales de alarma y construir vínculos basados en la igualdad. 

Porque amar no debería significar perder libertad. Amar no debería hacer pequeña a una persona. Amar no debería dar miedo. Y si una relación exige dejar de ser una misma para sostenerse, entonces no es amor: es control.

 

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La generación ansiosa: qué está pasando con nuestros adolescentes 

 

Un malestar que ha dejado de ser excepcional 

Hablar hoy de adolescencia implica, cada vez más, hablar también de salud mental. En los últimos años se ha intensificado una preocupación social, educativa y profesional en torno al aumento de problemas emocionales y psicológicos en niños, niñas y especialmente adolescentes. Ansiedad, autolesiones, sintomatología depresiva, trastornos de la conducta alimentaria, soledad, dificultades de regulación emocional o ideación suicida aparecen con una frecuencia que ha dejado de percibirse como excepcional para convertirse en una cuestión central en los debates sobre infancia y juventud. No se trata únicamente de una mayor sensibilidad para detectar sufrimiento psicológico —algo que sin duda también influye—, sino de una percepción compartida por profesionales, familias y sistemas de protección de que algo está ocurriendo con el malestar adolescente y merece ser comprendido. 

Con frecuencia se utiliza la expresión generación ansiosa para describir esta realidad. Aunque toda etiqueta corre el riesgo de simplificar fenómenos complejos, la expresión conecta con una intuición social cada vez más presente: muchos adolescentes están creciendo en condiciones que parecen favorecer incertidumbre, presión, sobreexigencia y fragilidad emocional. No porque la adolescencia haya dejado de ser, como siempre fue, una etapa atravesada por crisis, contradicciones y búsquedas, sino porque esas experiencias evolutivas se están produciendo en un contexto social particularmente exigente y, en muchos aspectos, emocionalmente hostil. 

Quizá una de las primeras cuestiones que conviene señalar es que no estamos ante adolescentes “más débiles” que generaciones anteriores, como a veces sugieren discursos simplistas, sino ante adolescentes que están creciendo en condiciones distintas, con desafíos nuevos y en ocasiones con menores soportes para afrontarlos. Comprender esto es fundamental para no patologizar la adolescencia ni reducir el debate a supuestas fragilidades individuales. Porque buena parte de este malestar no puede explicarse solo desde lo psicológico; necesita ser leído también desde lo social, lo educativo y lo relacional. 

Crecer bajo presión: una adolescencia marcada por la exigencia 

Uno de los elementos que aparece de manera recurrente al analizar el sufrimiento adolescente es la presión. Muchos chicos y chicas están creciendo en entornos donde la exigencia atraviesa múltiples dimensiones de la vida: rendimiento académico, expectativas de futuro, autoimagen, relaciones sociales, éxito personal e incluso gestión emocional. La sensación de tener que responder constantemente, destacar, construir un proyecto vital exitoso y hacerlo además en un contexto incierto puede generar una experiencia de presión sostenida difícil de sostener. 

En muchos adolescentes emerge una vivencia paradójica: disponen de más oportunidades, más acceso a información y, aparentemente, más posibilidades que generaciones anteriores, pero también perciben que el margen para equivocarse es menor, que el futuro resulta incierto y que las expectativas son enormemente elevadas. La presión no siempre aparece como una demanda explícita del entorno; a menudo se interioriza y opera como autoexigencia permanente. 

Esta lógica tiene efectos relevantes sobre la salud mental. La ansiedad no surge únicamente de acontecimientos traumáticos o dificultades concretas; muchas veces se construye en contextos donde la exigencia cotidiana desborda los recursos disponibles para afrontarla. Cuando el error se vive como fracaso, cuando descansar genera culpa o cuando la comparación constante convierte cualquier logro en insuficiente, el malestar puede instalarse como forma habitual de funcionamiento. 

Desde esta perspectiva, hablar de adolescentes ansiosos obliga también a preguntarnos por una cultura que muchas veces normaliza niveles de presión incompatibles con procesos saludables de crecimiento. 

Redes sociales, comparación y vulnerabilidad emocional 

Aunque el malestar adolescente no puede reducirse al impacto de las redes sociales, resulta difícil comprender los cambios actuales sin incorporar su influencia. Buena parte de la experiencia adolescente transcurre hoy en espacios digitales donde comparación, exposición y búsqueda de validación forman parte de lo cotidiano. Estos entornos no son simplemente escenarios donde se expresan inseguridades previas; en muchos casos también participan en su intensificación. 

Las redes sociales introducen una lógica particularmente compleja para una etapa evolutiva marcada por construcción identitaria y sensibilidad al reconocimiento social. La exposición constante a vidas aparentemente perfectas, cuerpos idealizados, éxito permanentemente visible o relaciones mostradas desde versiones altamente editadas puede generar procesos de comparación profundamente desgastantes. Lo problemático no es solo el contenido en sí, sino la frecuencia, intensidad y omnipresencia con que estos estímulos forman parte de la vida cotidiana. 

Muchos adolescentes crecen hoy bajo una especie de mirada permanente, donde la percepción de ser observados, evaluados o potencialmente comparados no desaparece al salir del instituto o del grupo de iguales, sino que continúa en el espacio digital. Esto transforma también la vivencia de inseguridad, rechazo o pertenencia. 

Además, determinados diseños tecnológicos basados en recompensas inmediatas, validación cuantificable y sobreestimulación constante pueden influir en la regulación emocional, en la tolerancia a la frustración o en la relación con el aburrimiento, el silencio y la espera. Todo ello configura un escenario que puede intensificar vulnerabilidades preexistentes y generar nuevas formas de malestar. 

No se trata de convertir las redes en explicación única, pero sí de reconocer que forman parte del contexto emocional en el que hoy crece la adolescencia. 

Soledad, desconexión y fragilidad de los vínculos 

Otro elemento que atraviesa muchos análisis sobre malestar adolescente es la paradoja de una generación hiperconectada que, sin embargo, expresa con frecuencia experiencias profundas de soledad. Aunque las formas de relación se han multiplicado, no siempre ello se traduce en vínculos más sólidos o experiencias más profundas de pertenencia. 

Cada vez aparecen más estudios y relatos profesionales que señalan sentimientos de aislamiento, desconexión emocional o dificultad para construir relaciones seguras como componentes relevantes del sufrimiento adolescente. Y esto resulta especialmente significativo porque la adolescencia es una etapa donde la pertenencia, el reconocimiento mutuo y los vínculos son profundamente protectores. 

La soledad adolescente no siempre adopta la forma visible del aislamiento. A veces se expresa como sensación de no poder mostrar vulnerabilidad, como miedo a no estar a la altura, como experiencias de incomprensión o como dificultad para encontrar espacios donde poder habitar el malestar sin sentirse juzgados. 

En un contexto donde muchas interacciones se aceleran y donde los tiempos compartidos cara a cara pueden reducirse, no resulta extraño que aparezcan dificultades para sostener vínculos profundos. Y cuando los vínculos se debilitan, el sufrimiento encuentra menos lugares donde ser contenido. 

Pensar la salud mental adolescente implica también pensar en la calidad de los lazos que estamos ofreciendo. 

Cuando el malestar se convierte en síntoma 

Una de las cuestiones más preocupantes es que, en muchos casos, el sufrimiento adolescente no encuentra palabras, apoyos o espacios donde ser elaborado, y acaba expresándose a través del cuerpo o de la conducta. Las autolesiones, determinados trastornos alimentarios, consumos problemáticos o conductas de riesgo pueden entenderse en ocasiones como formas de gestionar dolores que no han encontrado otro cauce. 

Esto resulta especialmente importante para quienes trabajan en intervención con menores, porque obliga a leer ciertas conductas no solo como problema a corregir, sino también como posible lenguaje del sufrimiento. Muchas veces lo que aparece como desafío conductual, retraimiento o sintomatología expresa malestares más profundos que requieren escucha y comprensión. 

Existe además el riesgo de responder a estas manifestaciones exclusivamente desde lógicas patologizantes. Aunque es indudable que muchos adolescentes necesitan atención clínica, no todo sufrimiento puede reducirse a diagnóstico. A veces medicalizamos experiencias que también hablan de contextos sociales, presiones estructurales o necesidades relacionales insatisfechas. 

Reconocer esto no significa restar importancia al sufrimiento, sino abordarlo con mayor complejidad. 

El papel de familias, escuela y sistemas de intervención 

Ante este escenario, una de las preguntas centrales es cómo acompañar. Y aquí resulta clave desplazar el foco desde “qué les pasa a los adolescentes” hacia “qué contextos estamos construyendo para que puedan crecer”. 

La salud mental no se juega únicamente en espacios terapéuticos. Se juega también en familias donde se pueda hablar del malestar sin miedo, en escuelas que no reproduzcan solo exigencia sino también cuidado, en comunidades donde existan vínculos protectores y en sistemas de intervención capaces de acompañar antes de que el sufrimiento se cronifique. 

La prevención en salud mental adolescente no pasa solo por aumentar recursos especializados —aunque esto sea imprescindible—, sino también por fortalecer entornos cotidianos protectores. Espacios donde descansar de la presión, donde no todo esté mediado por rendimiento, donde equivocarse no implique fracasar y donde pedir ayuda no sea vivido como debilidad. 

Para quienes trabajan con menores, esto supone también una invitación a mirar el malestar adolescente no únicamente como problema clínico, sino como cuestión educativa, relacional y social. 

Escuchar a los adolescentes para comprender qué está pasando 

A veces los debates sobre juventud se construyen hablando sobre adolescentes más que escuchándolos. Sin embargo, entender qué está ocurriendo requiere precisamente atender a sus experiencias, sus miedos y sus formas de nombrar el malestar. 

Muchos adolescentes expresan miedo al futuro, agotamiento ante la presión, dificultades para sostener expectativas imposibles o sensación de no llegar a lo que se espera de ellos. Otros hablan de ansiedad como estado casi normalizado, de dificultad para parar o de vivir en alerta constante. 

Escuchar estos relatos obliga a tomar en serio que quizá no estamos solo ante problemas individuales, sino también ante síntomas de un modelo social que produce malestar. 

Y esta reflexión interpela no solo a quienes trabajan en salud menta

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