Bienvenidos/as a Ser Mediador/a

El blog abierto de los/as profesionales de la mediación

ADN del coflicto

El ADN del conflicto

No todos los conflictos necesitan la misma respuesta: elegir bien el método comienza por comprender qué está ocurriendo.  Cuando el conflicto no cabe en una sola casilla  Dos personas pueden discutir por una cantidad de dinero y, sin embargo, no estar discutiendo únicamente por dinero. Tras la reclamación quizá exista … Leer más

Equipo profesional de la Administración de Justicia coordinándose en un Tribunal de Instancia"

Del «mi juzgado» al «nuestro tribunal»: la mediación como herramienta de transformación organizativa 

Mediación intraorganizacional, gestión del cambio y cultura de equipo en los Tribunales de Instancia  La implantación de los Tribunales de Instancia representa una de las transformaciones organizativas más relevantes de la Administración de Justicia en las últimas décadas. No estamos ante un simple cambio de denominación ni ante una operación limitada a redistribuir sedes, agendas o puestos de trabajo. La reforma introduce una forma distinta de entender la organización judicial: se abandona progresivamente el funcionamiento basado en unidades relativamente autónomas y se avanza hacia una estructura integrada, transversal y funcionalmente interdependiente.  Este tránsito obliga a mirar la Justicia no solo como un conjunto de órganos con competencias definidas, sino como un auténtico ecosistema de relaciones profesionales. Jueces, magistrados, letrados de la Administración de Justicia, cuerpos generales, servicios comunes, secciones especializadas, profesionales externos y ciudadanía interactúan ahora dentro de un marco de coordinación mucho más intenso. Cuanto mayor es la interdependencia, mayor es también la necesidad de ordenar los canales de relación, clarificar funciones, prevenir disfunciones y gestionar los conflictos internos antes de que se conviertan en problemas estructurales.  En este contexto,la mediación intraorganizacional aparece como una herramienta especialmente útil para acompañar el cambio.No pretende sustituir competencias jurisdiccionales, gubernativas o procesales, ni crear espacios informales carentes de garantías. Su función es técnica y organizativa: escuchar, ordenar, facilitar, clarificar y ayudar a construir soluciones operativas en aquellos conflictos que nacen dentro de la propia organización judicial.  1. El Tribunal de Instancia cambia la estructura y también las relaciones  El modelo tradicional de juzgado unipersonal favoreció durante años una cultura de funcionamiento autónomo. Cada órgano desarrollaba sus propios criterios de organización, sus modelos de tramitación, sus usos de … Leer más

mediacion

Responsabilidad colectiva en la Mediación

¿Qué estamos dejando de hacer todos? Hacia una verdadera corresponsabilidad en la mediación. Hay palabras que repetimos como mantras —interés superior del menor, protección, coordinación, parentalidad responsable— pero que, en la práctica, se convierten en decorado institucional. Suena bien. Queda bien. Pero no cambia nada.  La verdad incómoda es esta: cuando un menor queda atrapado en un conflicto de alta intensidad, no falla una persona. Falla un sistema entero.  El deporte nacional és pasarse la pelota. En los casos difíciles, cada profesional tiene un refugio perfecto:  “Esto le corresponde al juzgado.”  “Esto es cosa de servicios sociales.”  “Esto lo decidirá el psicólogo/ga.”  “Esto lo resolverá la mediación.  ” Esto lo arreglarán los abogados/das.”  Y mientras todos se protegen, el menor queda desprotegido. … Leer más

"mediación intrajudicial contencioso-administrativo entre Administración Pública y ciudadano"

Mediación Intrajudicial en el Orden Contencioso-Administrativo: Cómo Fortalecer la Relación entre la Administración y la Ciudadanía

La mediación intrajudicial en el orden contencioso-administrativo es una de las herramientas más prometedoras para transformar la manera en que la Administración Pública se relaciona con la ciudadanía. Tradicionalmente, esta jurisdicción se ha concebido como el espacio natural para resolver los conflictos entre ambas partes, pero la creciente complejidad de … Leer más

Verano EIM Mediación

Verano: la estación perfecta para resolver conflictos 

Mediación en verano El verano tiene algo especial. Los días son más largos, las agendas se relajan, las prisas disminuyen y, por fin, encontramos tiempo para sentarnos a conversar sin mirar constantemente el reloj. Curiosamente, muchas de las condiciones que buscamos durante las vacaciones son exactamente las mismas que necesita cualquier … Leer más

Creatividad en la mediación

Carta de un Mediador 

¿Por qué la creatividad en la mediación marca la diferencia? Queridos mediados,  Permitidme que os revele un pequeño secreto profesional. Cuando las personas llegan a una mediación suelen pensar que vienen a resolver un problema. Y es cierto. Pero lo que pocos imaginan es que, además, vienen a crear.  Sí, … Leer más

cómo hablar con adolescentes

CINCO CLAVES PARA HABLAR CON ADOLESCENTES SIN QUE DESCONECTEN  

 

Cuando hablar se convierte en una puerta cerrada 

Hablar con adolescentes no siempre es fácil. A veces una pregunta sencilla recibe como respuesta un “no sé”, un “nada”, un “déjame”, un silencio o una mala cara. Otras veces parece que cualquier intento de conversación termina en discusión. El adulto intenta acercarse, pero el adolescente se aleja. El adulto pregunta, pero siente que invade. El adulto aconseja, pero el adolescente desconecta. Y en medio de todo eso aparece una sensación muy común: “ya no sé cómo hablarle”. 

Sin embargo, que un adolescente no responda como esperamos no significa necesariamente que no necesite al adulto. Muchas veces lo necesita más que nunca, aunque no sepa pedirlo, aunque lo rechace, aunque parezca que todo le molesta. La adolescencia es una etapa de cambios profundos: cambia el cuerpo, cambia la forma de pensar, cambian los vínculos, cambia la relación con la familia y aparece una necesidad intensa de autonomía. El adolescente quiere sentirse mayor, pero todavía necesita referencias. Quiere tomar decisiones, pero aún está aprendiendo a hacerlo. Quiere distancia, pero también seguridad. 

El problema es que muchas conversaciones entre adultos y adolescentes no fracasan por falta de interés, sino por la forma en que se plantean. A veces el adulto entra demasiado rápido a corregir. Otras veces convierte cualquier comentario en una lección. A veces pregunta desde el miedo, desde la sospecha o desde la urgencia. Y el adolescente, que se siente juzgado antes incluso de explicar lo que le pasa, prefiere cerrar la puerta. 

Hablar con adolescentes no consiste en encontrar una frase mágica. Tampoco en permitirlo todo para evitar conflictos. Consiste en construir una relación en la que la palabra adulta no sea vivida siempre como control, sermón o amenaza. Una relación en la que el adolescente pueda sentir que hay límites, sí, pero también escucha. Que hay normas, pero también confianza. Que hay consecuencias, pero no humillación. Que hay adultos que no se rinden aunque a veces él o ella parezca no querer hablar. 

1. Escuchar antes de corregir 

Uno de los errores más habituales en la comunicación con adolescentes es responder demasiado pronto. El adolescente empieza a contar algo y el adulto, casi sin darse cuenta, ya está dando una solución, señalando el error, anticipando un peligro o explicando lo que debería haber hecho. La intención puede ser buena, pero el efecto no siempre lo es. Muchas veces el adolescente no se siente acompañado, sino interrumpido. 

Escuchar antes de corregir no significa estar de acuerdo con todo. Significa permitir que la otra persona pueda desplegar lo que le ocurre antes de recibir una valoración. A veces un adolescente necesita contar que se ha enfadado con una amiga, que se siente excluido, que ha discutido con un profesor o que ha hecho algo mal sin que la primera respuesta sea un juicio. Si cada vez que habla se encuentra con una corrección inmediata, aprenderá a hablar menos. 

La escucha adulta tiene que ser algo más que estar en silencio. Implica mirar, atender, no ridiculizar, no minimizar y no utilizar lo que cuenta como arma en una discusión posterior. Hay adolescentes que no cuentan las cosas porque temen que luego se les recuerden en forma de reproche. Si un día dicen “me sentí fatal” y al día siguiente escuchan “claro, como tú siempre te sientes fatal por tonterías”, probablemente no vuelvan a abrirse. 

Escuchar también implica tolerar que lo que cuentan no siempre nos guste. Puede que hablen de una amistad que no nos convence, de una relación que nos preocupa, de una decisión inmadura o de una emoción expresada de forma torpe. Si el adulto reacciona con alarma ante todo, el adolescente aprenderá a filtrar la información para evitar problemas. 

A veces, antes de decir “eso está mal”, conviene decir “entiendo que te sintieras así”. Antes de decir “te lo dije”, conviene preguntar “¿qué crees que podrías hacer ahora?”. Antes de dar una solución, conviene comprobar si la persona solo necesitaba ser escuchada. La corrección puede llegar después, pero si llega antes que la escucha, muchas veces ya no encuentra a nadie al otro lado. 

Escuchar no resta autoridad. Al contrario, puede hacer que la palabra adulta tenga más valor. Un adolescente acepta mejor una orientación cuando previamente se ha sentido reconocido. No se trata de renunciar al papel educativo, sino de ejercerlo desde un lugar menos reactivo y más consciente. 

2. No convertir cada conversación en una lección 

Muchos adolescentes no rechazan hablar; rechazan ser sermoneados. Hay una diferencia importante. Una conversación es un intercambio. Un sermón es una descarga. El adulto habla, explica, advierte, repite, insiste y concluye. El adolescente escucha al principio, luego se defiende, después desconecta y finalmente espera a que termine. 

El problema de convertir cada conversación en una lección es que el adolescente empieza a asociar hablar con ser evaluado. Cuenta algo pequeño y acaba recibiendo una explicación larga sobre responsabilidad, futuro, esfuerzo, respeto o consecuencias. A veces el adulto tiene razón en el contenido, pero pierde la oportunidad por la forma. La conversación se vuelve pesada, previsible y poco segura. 

Esto no significa que no haya que educar. Claro que hay que hacerlo. Pero no todo momento necesita convertirse en una intervención educativa completa. Si un adolescente comenta algo sobre su día, quizás solo quiere compartir. Si habla de una serie, de una canción o de una amistad, quizá no está pidiendo una reflexión moral inmediata. Si cada tema termina en advertencia, dejará de traer temas. 

Hay adultos que, sin querer, aprovechan cualquier mínima rendija para “colar” un aprendizaje. El adolescente dice que está cansado y recibe una charla sobre organizarse mejor. Dice que una amiga le ha fallado y recibe una lección sobre elegir amistades. Dice que no quiere ir a una actividad y recibe una explicación sobre la importancia de aprovechar oportunidades. A veces todo eso puede ser necesario, pero no siempre en ese instante. 

La comunicación con adolescentes necesita espacios ligeros. Conversaciones que no persigan nada. Momentos de humor. Comentarios cotidianos. Preguntas sencillas. Silencios compartidos. Si la única comunicación adulta aparece para corregir, revisar deberes, hablar de normas o señalar errores, el vínculo se empobrece. 

Un adolescente necesita saber que puede hablar con un adulto sin que todo se convierta en una clase de vida. Necesita conversaciones en las que no tenga que defenderse. En las que pueda opinar, equivocarse, exagerar un poco, ensayar ideas, cambiar de opinión. La adolescencia es también una etapa de ensayo. Si cada ensayo recibe una sentencia, se pierde espontaneidad. 

A veces una frase breve educa más que veinte minutos de explicación. Un “entiendo lo que dices, aunque creo que ahí podrías pensarlo de otra manera” puede abrir más que un discurso entero. Un “lo hablamos luego con calma” puede ser más útil que intentar resolverlo todo en caliente. Una pregunta bien hecha puede hacer más trabajo educativo que una conclusión impuesta. 

3. Validar la emoción sin aprobar cualquier conducta 

Hablar con adolescentes exige una habilidad especialmente importante: distinguir entre emoción y conducta. Validar lo que sienten no significa aprobar todo lo que hacen. Se puede reconocer que un adolescente está enfadado sin aceptar que insulte. Se puede comprender que esté frustrado sin justificar que rompa una norma. Se puede escuchar que se siente tratado injustamente sin darle automáticamente la razón. 

Muchas discusiones se intensifican porque el adolescente siente que el adulto niega su emoción. Dice “me da rabia” y escucha “no es para tanto”. Dice “me sentí fatal” y escucha “eso son tonterías”. Dice “no puedo más” y escucha “tú lo que tienes que hacer es estudiar”. Cuando una emoción es minimizada, suele crecer. El adolescente ya no discute solo por lo que pasó, sino por sentirse incomprendido. 

Validar no es dramatizar. No consiste en decir que todo es gravísimo ni en reforzar una visión victimista. Consiste en transmitir que lo que siente tiene un lugar en la conversación. “Entiendo que te haya dado rabia”. “Tiene sentido que te sintieras avergonzada”. “Puedo ver que eso te dolió”. Estas frases no resuelven el problema, pero bajan la defensa. Permiten que el adolescente no tenga que pelear para demostrar que su emoción existe. 

Después vendrá la parte educativa. “Entiendo que estuvieras enfadado, pero no puedes hablar así”. “Comprendo que te diera vergüenza, pero mentir no ayuda”. “Sé que estabas nerviosa, pero necesitamos buscar otra forma de afrontarlo”. Esta combinación es fundamental: primero reconozco la emoción, después marco el límite. 

Cuando no se hace esta distinción, solemos caer en dos extremos. Uno es invalidar todo: “no tienes motivos”, “exageras”, “siempre igual”. El otro es permitir demasiado por pena o miedo al conflicto. Ninguno ayuda. El adolescente necesita aprender que sus emociones son legítimas, pero sus conductas tienen consecuencias. 

Esta idea es especialmente importante en contextos educativos, familiares y de intervención social. Muchos adolescentes expresan malestar a través de respuestas bruscas, silencios, provocaciones o desafíos. Si solo vemos la conducta, podemos responder únicamente con sanción. Si solo vemos la emoción, podemos olvidar el límite. La tarea adulta es sostener ambas cosas: comprender sin justificar, acompañar sin permitir cualquier cosa. 

Un adolescente que aprende esto desarrolla una herramienta muy valiosa para la vida. Aprende que sentir rabia no le autoriza a dañar. Que sentirse triste no le obliga a aislarse. Que estar frustrado no significa que pueda tratar mal a los demás. Y también aprende que no tiene que ocultar lo que siente para ser aceptado. 

4. Elegir bien el momento 

No todo se puede hablar en cualquier momento. Esta es una de las claves más sencillas y, a la vez, más olvidadas. Muchas conversaciones importantes fracasan porque se intentan tener en el peor instante: en plena discusión, delante de otras personas, cuando el adolescente acaba de llegar enfadado, cuando el adulto está agotado o cuando ambos están demasiado activados para escuchar. 

Hablar en caliente suele convertirse en medir fuerzas. El adulto quiere resolver, el adolescente quiere escapar, nadie escucha demasiado y las palabras se vuelven más duras de lo necesario. A veces, la mejor intervención en ese momento no es hablar más, sino parar. Decir “ahora estamos muy alterados, lo retomamos después” puede evitar una escalada innecesaria. 

Elegir el momento no significa evitar los temas difíciles. Significa cuidarlos. Hay conversaciones que necesitan calma, privacidad y tiempo. No se puede hablar de una mala conducta seria en mitad del pasillo, con hermanos delante o mientras el adolescente está a punto de salir. Tampoco conviene abordar temas delicados solo porque al adulto le ha entrado la urgencia. La urgencia adulta no siempre coincide con la disponibilidad emocional del adolescente. 

Curiosamente, muchos adolescentes hablan mejor en momentos indirectos. En el coche, caminando, cocinando, recogiendo algo, antes de dormir o haciendo una actividad compartida. A veces les resulta más fácil hablar cuando no sienten una mirada frontal y una conversación solemne. El “tenemos que hablar” puede cerrar más que abrir, porque suena a problema. En cambio, una pregunta tranquila en un momento cotidiano puede generar más confianza. 

También hay que respetar ciertos silencios. No todos los silencios son rechazo. Algunos son procesamiento. El adolescente puede necesitar tiempo para ordenar lo que siente. Puede no saber responder en ese momento. Puede estar evitando llorar, enfadarse o quedar expuesto. Insistir demasiado puede convertir una pequeña apertura en una retirada completa. 

El adulto debe aprender a leer el clima. Hay momentos para poner un límite breve y dejar la conversación para después. Momentos para escuchar sin resolver. Momentos para intervenir con claridad. Momentos para callar. Esta sensibilidad no debilita la autoridad; la hace más eficaz. 

A veces, elegir bien el momento significa también cuidar nuestro propio estado. Si el adulto está desbordado, probablemente hablará desde el miedo, el enfado o la frustración. Y aunque tenga razón, puede transmitirla mal. Tomarse unos minutos antes de abordar una conversación difícil no es indiferencia; puede ser responsabilidad. 

5. Hablar menos desde el miedo y más desde la confianza 

Muchos adultos hablan con adolescentes desde la preocupación. Y es comprensible. Preocupa que tomen malas decisiones, que sufran, que se equivoquen, que se junten con personas que no les convienen, que se expongan en redes, que descuiden los estudios, que consuman, que se metan en problemas o que no sepan pedir ayuda. La preocupación forma parte del cuidado. 

Pero a veces esa preocupación llega al adolescente en forma de desconfianza. El mensaje que recibe no es “me importas”, sino “creo que vas a fallar”. No escucha “quiero ayudarte”, sino “no me fío de ti”. Y cuando un adolescente siente que el adulto solo espera errores, puede reaccionar con ocultamiento, defensa o desafío. 

Hablar desde la confianza no significa ser ingenuo. No significa pensar que nunca pasará nada ni renunciar a la supervisión. Significa transmitir que creemos en su capacidad de aprender, reparar y tomar decisiones cada vez mejores. Significa mirar no solo el riesgo, sino también sus recursos. No solo lo que hace mal, sino lo que está intentando hacer bien. 

La diferencia se nota en el lenguaje. No es lo mismo decir “seguro que la vas a liar” que decir “confío en que puedes hacerlo bien, y si te ves en una situación complicada, me llamas”. No es lo mismo decir “no tienes cabeza” que decir “esta decisión no ha sido buena, pero podemos pensar cómo repararla”. No es lo mismo decir “no me fio de ti” que decir “necesito comprobar algunas cosas porque mi responsabilidad es cuidarte, pero quiero que vayamos recuperando confianza”. 

La confianza no se regala sin más; se construye. Y cuando se rompe, se reconstruye con hechos. Pero incluso cuando hay que poner límites, se puede cuidar el mensaje de fondo. Un adolescente necesita saber que sus errores no lo definen por completo. Que puede equivocarse sin quedar condenado a la etiqueta de irresponsable, mentiroso o problemático. Las etiquetas pesan mucho y, a veces, terminan empujando a comportarse según lo que se espera de ellas. 

Hablar desde la confianza también implica reconocer avances. Muchas veces los adultos señalamos rápido lo que falta, pero tardamos en nombrar lo que mejora. Un adolescente que se esfuerza, que vuelve antes, que cuenta algo difícil, que pide perdón o que intenta regularse necesita que eso sea visto. No para felicitarlo por todo, sino para que entienda que el adulto no solo aparece para corregir. 

La confianza es una forma de decir: “sé que estás creciendo, sé que te vas a equivocar, pero también sé que puedes aprender”. Ese mensaje no elimina los conflictos, pero cambia el terreno en el que se producen. 

Estar disponibles sin invadir 

Hablar con adolescentes requiere paciencia. No siempre responden cuando queremos. No siempre cuentan lo que nos gustaría saber. No siempre agradecen la presencia adulta en el momento. A veces rechazan la conversación y, sin embargo, registran que el adulto estaba ahí. Que no humilló. Que no se burló. Que no convirtió cada error en una sentencia. Que puso límites, pero no retiró el afecto. 

La disponibilidad adulta no consiste en perseguir al adolescente con preguntas, sino en mantener abierta la posibilidad de encuentro. Es poder decir: “cuando quieras hablar, estoy”. Y que esa frase sea cierta. Es no rendirse después de tres malas caras. Es no tomar cada silencio como un ataque personal. Es entender que la autonomía adolescente necesita distancia, pero no abandono. 

La comunicación no se construye solo en las grandes conversaciones. Se construye en los trayectos, en las comidas, en los gestos cotidianos, en la forma de reaccionar cuando cuentan algo pequeño, en cómo tratamos sus emociones, en si respetamos su intimidad, en si reconocemos nuestros errores como adultos. Todo eso prepara el terreno para que, cuando llegue una conversación importante, haya una base de confianza. 

No hay una fórmula perfecta para hablar con adolescentes. Habrá días en que saldrá mal. Habrá conversaciones torpes, respuestas injustas, momentos de tensión y silencios difíciles. Pero incluso entonces se puede reparar. Un adulto que sabe decir “antes me he pasado”, “no te he escuchado bien” o “quiero volver a hablarlo con más calma” enseña algo muy valioso: que los vínculos no tienen que ser perfectos para ser seguros. 

Quizá la clave sea aceptar que hablar con adolescentes no siempre significa obtener respuestas inmediatas. A veces significa sembrar. Dejar una frase que recordarán más tarde. Mostrar una forma de estar. Convertirse en una presencia fiable. No invadir, pero tampoco desaparecer. No controlar cada paso, pero tampoco desentenderse. 

Los adolescentes no necesitan adultos que lo permitan todo ni adultos que lo conviertan todo en una batalla. Necesitan adultos capaces de escuchar, orientar, sostener límites y seguir estando cerca incluso cuando la conversación parece difícil. Porque muchas veces, detrás de un “déjame”, no hay un verdadero deseo de quedarse solos, sino una prueba silenciosa: comprobar si el adulto sabe esperar sin irse del todo. 

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