El niño que molesta: conducta, etiqueta y exclusión 

 

En todos los contextos educativos, sociales y familiares existe una figura recurrente: el niño que molesta. Aquel que interrumpe, desafía, desborda, rompe el ritmo del grupo o cuestiona la autoridad. Es el niño señalado, corregido, expulsado del aula, derivado al despacho o convertido en el “caso difícil” del equipo. 

Rara vez se habla de lo que hay detrás de esta etiqueta. Porque cuando un niño molesta, incomoda también nuestras certezas, nuestros límites y nuestra capacidad de sostener. Nombrarlo como problema resulta más sencillo que preguntarse qué le está pasando

Este artículo no habla de normas ni de límites desde una lógica punitiva. Habla de conducta como lenguaje, de etiquetas que excluyen y de sistemas que, a menudo sin quererlo, expulsan emocionalmente a quienes más necesitan ser sostenidos. 

La conducta como forma de comunicación

Ningún niño se comporta mal porque sí. Esta afirmación, repetida con frecuencia, sigue siendo difícil de aplicar en la práctica cotidiana. La conducta infantil, especialmente cuando es disruptiva, cumple siempre una función: expresar algo que no puede decirse de otra manera

El niño que grita, interrumpe o desafía no está eligiendo conscientemente molestar. Está mostrando, a través de su cuerpo y su comportamiento, un desajuste interno que no sabe cómo regular. Puede tratarse de rabia, miedo, frustración, inseguridad o una necesidad profunda de atención y vínculo. 

Cuando la conducta se aborda únicamente desde el control o el castigo, el mensaje que recibe el menor es claro: lo que te pasa no importa, solo importa que dejes de expresarlo. Y entonces la conducta no desaparece; se transforma o se intensifica

Del comportamiento al estigma: el peso de la etiqueta

El paso de “conducta difícil” a “niño problemático” suele producirse de manera progresiva, casi imperceptible. Primero aparece la queja, luego la advertencia, después la etiqueta. El menor deja de ser Juan o María para convertirse en “el que siempre la lía”, “el conflictivo”, “el que no puede”. 

Esta etiqueta no solo condiciona la mirada adulta, sino también la identidad del propio niño. Cuando un menor escucha repetidamente que molesta, que estorba o que siempre se equivoca, acaba integrando ese relato como parte de quién es. La etiqueta se convierte en profecía

A partir de ese momento, cualquier conducta suya se interpreta desde el prejuicio. Se espera que falle, que rompa la norma, que vuelva a molestar. Y cuando eso ocurre, se confirma la etiqueta. El círculo se cierra.  la respuesta suele ser automática: consecuencia, sanción, advertencia. Y al poco tiempo, el conflicto vuelve a aparecer. 

Castigo y exclusión: respuestas que agravan el problema 

a respuesta más habitual ante el niño que molesta es el castigo. Expulsiones del aula, aislamientos, sanciones o pérdida de privilegios se presentan como herramientas educativas, pero en muchos casos funcionan como mecanismos de exclusión

Estas respuestas no enseñan autorregulación, no reparan el vínculo ni ayudan al menor a comprender lo que le ocurre. Por el contrario, refuerzan la sensación de rechazo y aumentan la distancia emocional con los adultos de referencia. 

Para un niño que ya se siente fuera de lugar, la exclusión confirma su peor temor: no pertenecer. Y cuando un menor no se siente parte del grupo, deja de cuidarlo. El comportamiento empeora, la intervención se endurece y el conflicto se cronifica. 

El adulto frente al niño que desborda  

El niño que molesta confronta directamente al adulto con sus propios límites. Genera cansancio, enfado, frustración e incluso rechazo. Reconocer estas emociones no convierte al profesional o a la familia en incompetente; las hace humanas. 

El problema surge cuando estas emociones no se elaboran y se proyectan sobre el menor. Entonces, la intervención deja de ser educativa y pasa a ser defensiva. Se actúa para recuperar el control, no para comprender. 

Sostener a un niño que desborda requiere adultos regulados, apoyados y acompañados. Ningún profesional puede intervenir adecuadamente desde el agotamiento permanente.

Cuidar al adulto es también una forma de cuidar al niñoConducta y exclusión social: los niños que siempre sobran

No es casual que el “niño que molesta” aparezca con mayor frecuencia en contextos de vulnerabilidad social, protección o reforma. Muchos de estos menores arrastran historias de trauma, negligencia, rupturas vinculares o experiencias reiteradas de rechazo. 

Cuando el sistema responde a estas conductas con más exclusión, reproduce el mismo patrón que el niño ya conoce. La escuela, el centro o el recurso educativo se convierten en un nuevo escenario donde confirmar que no hay lugar para él. 

La conducta, entonces, deja de ser solo un síntoma individual y se convierte en un síntoma del sistema. Un sistema que no siempre está preparado para incluir a quienes más desbordan. 

Otra forma de mirar: de la sanción al vínculo  

Cambiar la intervención con el niño que molesta no significa eliminar normas ni justificar cualquier comportamiento. Significa comprender antes de sancionar y priorizar el vínculo como herramienta educativa. 

Una mirada alternativa implica: 

  • Preguntarse qué función cumple la conducta. 
  • Ofrecer regulación antes que castigo. 
  • Nombrar la emoción detrás del comportamiento. 
  • Mantener límites claros sin romper el vínculo. 

Cuando el niño siente que el adulto no lo abandona incluso cuando se equivoca, comienza a construirse una experiencia relacional diferente. Y en esa experiencia, la conducta puede transformarse. 

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