nmartinez

autolesiones

AUTOLESIONES EN NIÑOS Y ADOLESCENTES: EL LENGUAJE DEL DOLOR QUE NO ENCUENTRA PALABRAS 

 

En los últimos años, las autolesiones en niños, niñas y adolescentes han dejado de ser una realidad marginal para convertirse en una preocupación creciente en contextos educativos, sanitarios y de protección. Cada vez con mayor frecuencia, profesionales de la educación y la intervención social se encuentran con menores que se hacen daño a sí mismos como una forma de gestionar algo que no saben expresar de otro modo. 

Sin embargo, a pesar de su presencia cada vez más evidente, siguen siendo profundamente incomprendidas. A menudo se interpretan como una llamada de atención, un comportamiento manipulativo o una conducta propia de una etapa evolutiva conflictiva que acabará desapareciendo con el tiempo. Esta lectura no solo resulta simplista, sino que puede ser profundamente dañina, porque desvía la mirada de lo esencial: el sufrimiento que hay detrás. 

Cuando un menor se autolesiona, no está buscando morir. Está intentando dejar de sentir algo que le resulta insoportable. La herida visible en el cuerpo es solo la superficie de un malestar mucho más profundo, que no ha encontrado todavía un espacio donde ser comprendido y elaborado. 

Comprender la autolesión: más allá de lo que vemos 

Hablar de autolesiones implica necesariamente ir más allá de la conducta en sí. Reducirlas a un acto impulsivo o a una forma de llamar la atención impide entender su verdadera función. En la mayoría de los casos, estas conductas no tienen una finalidad suicida, sino reguladora. 

Muchos menores describen una sensación previa de saturación emocional difícil de explicar. No se trata de una emoción concreta, sino de un conjunto de sensaciones que desbordan: ansiedad, rabia, tristeza, vacío o una mezcla de todas ellas. Ante esa vivencia interna, la autolesión aparece como una forma de alivio inmediato. El dolor físico actúa como una especie de anclaje, algo concreto que permite desplazar, aunque sea momentáneamente, el malestar emocional. 

Desde fuera, puede resultar difícil de comprender. Sin embargo, para el menor, la conducta tiene sentido. No porque sea adecuada, sino porque funciona. Y precisamente ahí reside uno de los principales riesgos: su eficacia a corto plazo favorece su repetición. 

El cuerpo como lenguaje cuando las palabras no alcanzan 

En la infancia y la adolescencia, el desarrollo del lenguaje emocional no siempre va al mismo ritmo que la intensidad de lo que se siente. Hay menores que no saben identificar lo que les ocurre, otros que no encuentran palabras para explicarlo y muchos que, aunque las tengan, no perciben que exista un espacio seguro donde poder expresarlo. 

En estos casos, el cuerpo se convierte en un canal de comunicación. La autolesión no es solo un acto, es también un mensaje. Un mensaje que no se formula con palabras, pero que expresa algo esencial: “no puedo con esto”. 

Este fenómeno cobra especial relevancia en menores que han vivido experiencias de adversidad temprana. Cuando el entorno no ha ofrecido seguridad, validación o contención emocional, el mundo interno puede vivirse como algo caótico o incluso amenazante. En ese contexto, hacerse daño puede convertirse en una forma de recuperar cierta sensación de control o de dar forma a un malestar que, de otro modo, resulta difuso e inabarcable. 

Factores que aumentan la vulnerabilidad 

Las autolesiones no responden a una única causa. Más bien surgen de la interacción de distintos factores que, en conjunto, aumentan la vulnerabilidad del menor. En muchos casos, se observa una dificultad significativa para gestionar emociones intensas, acompañada de una baja tolerancia a la frustración y una percepción negativa de uno mismo. 

A esto se suman, con frecuencia, historias relacionales marcadas por la inestabilidad. Vínculos inseguros, experiencias de rechazo o ausencia de figuras adultas disponibles emocionalmente generan un terreno especialmente sensible. Cuando el menor no ha aprendido a confiar en el otro como fuente de regulación, es más probable que recurra a estrategias propias, aunque sean dañinas. 

En contextos de especial vulnerabilidad, como el acogimiento residencial o situaciones de desprotección, estas dificultades suelen intensificarse. No es extraño encontrar trayectorias vitales atravesadas por el trauma, la negligencia o la ruptura de vínculos significativos. En estos casos, la autolesión no aparece como un hecho aislado, sino como parte de un sistema más amplio de dificultades emocionales y relacionales. 

A todo ello se añade el contexto social actual, donde las redes sociales pueden desempeñar un papel ambivalente. Por un lado, visibilizan el malestar; por otro, pueden contribuir a normalizar o incluso a reforzar estas conductas. 

Lo que no vemos: señales y silencios 

Uno de los aspectos más complejos de las autolesiones es que no siempre son visibles. Muchos menores desarrollan estrategias para ocultarlas, lo que dificulta su detección. Más allá de las marcas físicas, existen cambios más sutiles que pueden indicar que algo no va bien: un aislamiento progresivo, irritabilidad, cambios en el estado de ánimo o un aumento del malestar sin causa aparente. 

En otros casos, lo que predomina es el silencio. No hay demanda explícita de ayuda, ni verbalización del sufrimiento. Esto puede llevar a interpretar erróneamente que “no pasa nada”, cuando en realidad el menor no dispone de herramientas para expresar lo que le ocurre o no confía en que hacerlo vaya a generar una respuesta adecuada. 

Por eso, la clave no está únicamente en detectar la conducta, sino en desarrollar una mirada sensible capaz de leer lo que no siempre se dice. 

La intervención educativa: sostener sin invadir 

Ante una situación de autolesión, la reacción adulta es determinante. Sin embargo, no siempre es fácil encontrar el equilibrio entre la preocupación legítima y la intervención ajustada. El riesgo de sobreactuar o, por el contrario, minimizar la situación está siempre presente. 

Una respuesta basada únicamente en el control o la prohibición suele resultar ineficaz. Del mismo modo, centrarse exclusivamente en la conducta sin atender a lo que la origina puede reforzar el problema en lugar de resolverlo. 

Lo que estos menores necesitan, en primer lugar, es un adulto que sea capaz de sostener su malestar sin juzgarlo. Esto implica escuchar, validar lo que sienten y ofrecer un espacio donde puedan empezar a poner palabras a su experiencia. No se trata de justificar la conducta, sino de comprender su función. 

La construcción de un vínculo educativo sólido se convierte aquí en un elemento central. Solo desde la relación es posible acompañar procesos de cambio. A medida que el menor va encontrando otras formas de expresar y regular lo que siente, la necesidad de recurrir a la autolesión puede ir disminuyendo. 

Escuchar lo que el cuerpo intenta decir 

Las autolesiones en niños y adolescentes nos obligan a mirar más allá de la conducta visible. Nos confrontan con el sufrimiento que no ha sido escuchado, con las emociones que no han encontrado un lugar donde ser nombradas y con la dificultad de muchos menores para habitar su propio mundo interno. 

Reducir estas conductas a una simple llamada de atención es ignorar su significado profundo. Por el contrario, comprenderlas como un lenguaje nos permite intervenir de manera más ajustada y, sobre todo, más humana. 

Porque, en última instancia, cuando un menor se autolesiona no está desafiando al adulto. Está intentando sobrevivir emocionalmente con las herramientas que tiene en ese momento. Y ahí es donde la intervención educativa cobra todo su sentido: no en eliminar la conducta sin más, sino en ofrecer alternativas, acompañamiento y, sobre todo, una presencia capaz de sostener aquello que, hasta ahora, no ha podido ser dicho. 

¿Te gustaría estudiar estos y otros temas de actualidad en lo que corresponde al desarrollo de la infancia y la adolescencia? ¡Infórmate sobre el Posgrado en Intervención con Menores y trabaja en lo que realmente te gusta!

familias

Faltan familias acogedoras: lo que está pasando (de verdad) en el sistema de protección

 

En muchos servicios de protección la conversación se repite con una frecuencia cada vez más incómoda: hay menores con medida de acogimiento familiar acordada… y no hay familia disponible. No se trata de un episodio puntual ni de un desajuste temporal. Es una tendencia sostenida que los equipos vienen señalando desde hace años y que empieza a tener consecuencias muy concretas en la organización del sistema.

Mientras el discurso institucional insiste —con razón— en la necesidad de priorizar entornos familiares frente al acogimiento residencial, la capacidad real para hacerlo no siempre acompaña. Entre la intención normativa y la disponibilidad efectiva de familias se ha abierto una brecha que los profesionales gestionan como pueden, muchas veces en silencio.

Hablar de la escasez de familias acogedoras no es cuestionar el modelo de acogimiento familiar. Es, precisamente, tomárselo en serio.

Un cambio de escenario que se viene gestando

Durante años, el acogimiento familiar se ha consolidado como la medida preferente cuando un menor no puede permanecer con su familia de origen. La evidencia sobre los beneficios de crecer en un entorno familiar es sólida y ampliamente compartida. Sin embargo, el sistema actual se enfrenta a un contexto social diferente al de hace dos décadas.

Captar familias dispuestas a asumir un acogimiento se ha vuelto más difícil. No solo por una cuestión numérica, sino por el perfil de los casos que llegan al sistema. Los equipos lo describen con bastante claridad: hay familias disponibles para determinados perfiles, pero muchas menos cuando se trata de adolescentes, grupos de hermanos o menores con trayectorias de especial complejidad.

Este desajuste no suele aparecer en los discursos generales, pero condiciona de forma decisiva la práctica cotidiana.

Cuando la medida existe… pero el recurso no

Una de las situaciones más frustrantes para los equipos se produce cuando la valoración técnica concluye que el acogimiento familiar sería la opción más adecuada y, aun así, no se logra materializar por falta de familia disponible.

En estos casos, el sistema se ve obligado a recurrir al acogimiento residencial como medida de hecho, aunque no sea la opción preferente en ese momento del proceso. Esto genera una tensión silenciosa: el recurso residencial absorbe situaciones que, en otro contexto, podrían haberse resuelto en entorno familiar, mientras los equipos intentan seguir buscando una alternativa que no siempre llega.

El riesgo no es solo organizativo. También es emocional y evolutivo para el menor, que puede encadenar tiempos de espera, expectativas fallidas o cambios de medida que añaden más incertidumbre a trayectorias ya frágiles.

Más allá de la captación: el reto de sostener los acogimientos

Con frecuencia, el debate público se centra en la necesidad de “captar más familias”. Sin embargo, los profesionales que trabajan en este ámbito insisten en que la cuestión no es únicamente cuantitativa. Tan importante como incorporar nuevas familias es poder acompañarlas y sostener los acogimientos en el tiempo.

Las rupturas de acogimiento siguen siendo una preocupación relevante. Cuando se producen, el impacto en el menor puede ser significativo, especialmente si se suma a experiencias previas de pérdida o inestabilidad vincular. Muchos de estos quiebres no se deben a falta de compromiso de las familias, sino a la complejidad de las situaciones que se les pide sostener.

Esto obliga a mirar el acogimiento familiar con más realismo y menos idealización. Acoger no es solo ofrecer un hogar; es transitar procesos complejos que requieren apoyo técnico continuado.

Perfiles que encuentran menos respuesta

Aunque cada territorio presenta matices propios, hay coincidencias bastante claras sobre qué situaciones encuentran mayores dificultades para acceder a una familia acogedora. La adolescencia sigue siendo uno de los momentos más críticos. También lo son los grupos de hermanos cuya separación no resulta aconsejable o los menores con necesidades educativas o emocionales intensas.

Esta realidad introduce un elemento de desigualdad dentro del propio sistema de protección. No todos los menores tienen las mismas probabilidades de acceder a un entorno familiar, y esa diferencia no siempre responde a criterios de necesidad, sino a la capacidad real del sistema para ofrecer respuestas.

Reconocer este desequilibrio es incómodo, pero necesario para poder abordarlo.

Lo que está cambiando en la intervención profesional

La escasez de familias acogedoras está modificando, de forma silenciosa, el trabajo de muchos equipos. Se intensifican los esfuerzos de captación, se afinan los procesos de valoración y se refuerza el acompañamiento a las familias que ya están en el sistema. Al mismo tiempo, los recursos residenciales se ven obligados a sostener estancias más largas de lo que, en algunos casos, sería deseable.

Para los profesionales que se incorporan al ámbito de la protección, este escenario exige comprender que el sistema funciona con equilibrios muy ajustados. No basta con conocer el marco teórico del acogimiento; es necesario entender sus límites reales, sus tiempos y las tensiones que atraviesan su desarrollo.

Esta comprensión más compleja del sistema es, hoy, una competencia profesional en sí misma.

Mirar el problema sin soluciones simples

La falta de familias acogedoras no se resolverá con una única medida ni en el corto plazo. Tiene que ver con cambios sociales profundos, con la percepción social del acogimiento, con las condiciones de apoyo a las familias y con la propia evolución de los perfiles atendidos por el sistema de protección.

Simplificar el debate —ya sea culpabilizando a las familias, idealizando el acogimiento o trasladando toda la presión a los recursos residenciales— no ayuda a avanzar. Lo que se necesita es una mirada más honesta sobre las capacidades y límites del sistema, acompañada de políticas de apoyo sostenido y de una intervención profesional cada vez más afinada.

Un reto que interpela al conjunto del sistema

La escasez de familias acogedoras no es solo un problema de los programas de acogimiento. Es un indicador de cómo está funcionando el conjunto del sistema de protección y de hasta qué punto es capaz de ofrecer respuestas diversificadas y sostenibles.

Para quienes trabajan con menores, este escenario obliga a moverse en un terreno de decisiones imperfectas, donde muchas veces se elige la mejor opción posible, no la ideal. Prepararse para intervenir en este contexto —con criterio, realismo y sensibilidad— es hoy más importante que nunca.

¿Te gustaría estudiar estos y otros temas de actualidad en lo que corresponde al desarrollo de la infancia y la adolescencia? ¡Infórmate sobre el Posgrado en Intervención con Menores y trabaja en lo que realmente te gusta!

desinstitucionalización

Desinstitucionalización en la protección de menores: entre el impulso del cambio y los retos de la práctica 

  En los últimos tiempos, la palabra desinstitucionalización ha pasado de ser un término técnico relativamente acotado a convertirse en una especie de brújula para orientar la transformación del sistema de protección a la infancia. Aparece en estrategias estatales, en planes autonómicos y en discursos profesionales con una frecuencia creciente. … Leer más

tdha

Cuando el trabajo pesa: Desgaste emocional y límites profesionales en la intervención con menores

TDAH: cuando la etiqueta tapa la historia  Diagnosticar sin escuchar  En los últimos años, el diagnóstico de TDAH en la infancia y la adolescencia ha aumentado de forma significativa. Cada vez son más los niños y niñas etiquetados como inatentos, impulsivos o hiperactivos, y cada vez más frecuente que estas conductas se … Leer más

altas capacidades

Altas capacidades y sufrimiento invisible: cuando el talento no protege del malestar 

El mito del niño brillante y feliz  Existe una creencia ampliamente extendida según la cual los niños y niñas con altas capacidades intelectuales son afortunados: aprenden rápido, destacan académicamente y parecen contar con una ventaja natural para desenvolverse en la vida. Desde esta mirada simplificada, el talento se asocia casi automáticamente al … Leer más

desgaste emocional

Cuando el trabajo pesa: Desgaste emocional y límites profesionales en la intervención con menores

Hay un momento que muchos profesionales recuerdan con claridad, aunque rara vez se nombre en voz alta. No suele ocurrir el primer mes ni el primer año. Llega después, cuando la motivación inicial ya no compensa del todo el cansancio acumulado. Un día cualquiera, una situación que antes se habría gestionado … Leer más