Hay conflictos que no aparecen en ningún manual, pero que forman parte del día a día de cualquier recurso que trabaje con menores. No son grandes crisis ni situaciones excepcionales. Son escenas pequeñas, repetidas, aparentemente simples, que desgastan más que los episodios puntuales de alta intensidad.
Un menor que se niega a cumplir una norma que ayer sí cumplía.
Una discusión por una consecuencia que “no es para tanto”.
Un educador que flexibiliza una situación y otro que no.
Una norma que, aplicada tal como está escrita, no parece ayudar a nadie.
La intervención socioeducativa se construye precisamente en ese terreno incómodo donde la norma choca con la realidad. Y ahí es donde surgen muchas de las dudas, los conflictos y también los errores más frecuentes.
La norma como punto de partida, no como refugio
En la práctica diaria, la norma cumple una función imprescindible: ordena, estructura y ofrece un marco previsible. Para muchos menores, especialmente aquellos que vienen de contextos desorganizados, la norma es una referencia necesaria. El problema aparece cuando la norma deja de ser una herramienta educativa y se convierte en un refugio defensivo.
Cuando el profesional se agarra a la norma para evitar pensar la situación concreta, la intervención pierde sentido. No porque la norma esté mal, sino porque se aplica sin lectura del contexto, del momento y del proceso del menor.
Esto genera una paradoja muy habitual: se cumple la norma, pero el conflicto aumenta.
Conflictos que parecen pequeños, pero no lo son
Gran parte del desgaste en los recursos no viene de las situaciones graves, sino de los conflictos cotidianos mal resueltos. Los retrasos reiterados, las negativas constantes, las pequeñas transgresiones que se acumulan. Cada una, por separado, parece manejable. Todas juntas acaban saturando al equipo.
En estos casos, la pregunta clave no es “¿qué norma ha incumplido?”, sino:
- ¿Qué está pasando aquí?
- ¿Es un conflicto puntual o un patrón?
- ¿Qué función cumple esta conducta para el menor?
- ¿Qué estamos sosteniendo como equipo?
Cuando estas preguntas no se hacen, la respuesta suele ser automática: consecuencia, sanción, advertencia. Y al poco tiempo, el conflicto vuelve a aparecer.
La incoherencia como generadora de conflicto
Uno de los mayores focos de tensión en los recursos no es la conducta del menor, sino la incoherencia del equipo. Normas que se aplican de forma distinta según el turno, el profesional o el momento generan inseguridad, enfrentamientos y un aumento del desafío.
Para el menor, la incoherencia se traduce en confusión. Para el equipo, en desgaste y reproches internos. En este escenario, la norma pierde toda capacidad educativa y se convierte en un elemento más de conflicto.
Trabajar la coherencia no significa rigidez absoluta, sino acuerdos claros sobre cuándo y cómo se flexibiliza. Y, sobre todo, que esa flexibilización sea compartida y argumentada, no improvisada ni individual.
Flexibilizar no es ceder
Uno de los miedos más frecuentes en los equipos es que flexibilizar una norma suponga perder autoridad. Sin embargo, la experiencia demuestra justo lo contrario: las normas que se explican, se contextualizan y se aplican con criterio suelen generar más legitimidad que aquellas que se imponen sin margen.
Flexibilizar no es hacer excepciones constantes ni negociar todo. Es adaptar la respuesta educativa a la situación concreta sin perder el marco general. Es sostener el límite, pero eligiendo cómo y cuándo aplicarlo para que tenga sentido.
Este matiz, que parece sencillo, es uno de los aprendizajes más complejos para los profesionales que se incorporan por primera vez a un recurso.
El conflicto como oportunidad… si se sabe trabajar
No todo conflicto es un fracaso de la intervención. Muchos conflictos son, en realidad, oportunidades educativas. El problema es que requieren tiempo, lectura y capacidad de sostener la tensión sin resolverla de forma precipitada.
Trabajar el conflicto implica:
- Escuchar sin justificar la conducta.
- Nombrar lo que ocurre sin etiquetar al menor.
- Mantener el límite sin escalar el enfrentamiento.
- Acompañar la frustración sin retirarse emocionalmente.
Nada de esto es intuitivo. Se aprende con práctica, supervisión y formación. Cuando no se tienen estas herramientas, el conflicto se vive como algo que hay que eliminar cuanto antes. s, sino de adquirir herramientas reales para un trabajo que es tan exigente como necesario.
Cuando la norma se convierte en castigo
Uno de los riesgos más frecuentes es que la norma se utilice como castigo encubierto. Consecuencias desproporcionadas, acumulación de sanciones o retirada sistemática de derechos suelen responder más al cansancio del equipo que a una estrategia educativa.
Esto no solo no mejora la conducta, sino que refuerza dinámicas de confrontación y desconfianza. El menor aprende a cumplir para evitar la sanción, no a comprender el sentido del límite.
La intervención socioeducativa pierde ahí su esencia.
La intervención con menores no se juega solo en los grandes hitos del proceso, sino en lo cotidiano. En cómo se pone un límite, en cómo se gestiona un conflicto menor, en cómo el equipo sostiene una norma sin romper el vínculo.
Ahí es donde se decide si la norma educa o castiga, si el conflicto enseña o cronifica, si el profesional acompaña o se defiende. Pensar estos aspectos no es accesorio. Es intervenir donde realmente ocurre la intervención.
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