Cuando el trabajo pesa: Desgaste emocional y límites profesionales en la intervención con menores

Cuando se habla de depresión, la imagen que suele aparecer es la de una persona triste, apagada, sin energía ni ganas de hacer nada. Esta representación, ya de por sí limitada en la edad adulta, resulta especialmente inadecuada cuando se aplica a la infancia. La depresión infantil existe, pero rara vez se manifiesta de la forma que esperamos, y esa discrepancia es una de las principales razones por las que pasa desapercibida. 

Muchos niños y niñas deprimidos no lloran, no se muestran abatidos ni verbalizan tristeza. Por el contrario, pueden parecer enfadados, desafiantes, irascibles o excesivamente indiferentes. Pueden molestar, provocar, aislarse o fracasar en la escuela. Y precisamente por eso, su dolor suele interpretarse como un problema de conducta, de límites o de actitud, en lugar de como una señal de sufrimiento emocional profundo. 

Hablar de depresión infantil implica desmontar expectativas adultas y aceptar una idea incómoda: el dolor en la infancia no siempre pide ayuda de forma amable. A veces irrumpe, incomoda y descoloca. Y si no sabemos escucharlo, se cronifica. 

La tristeza no siempre es el síntoma principal 

Uno de los grandes errores en la detección de la depresión infantil es buscar tristeza explícita. En la infancia, el malestar emocional suele expresarse de forma indirecta, a través del cuerpo, la conducta o el rendimiento. 

La irritabilidad persistente es uno de los síntomas más frecuentes. Niños que reaccionan con enfado ante estímulos mínimos, que parecen siempre a la defensiva o que estallan con facilidad. También es común la apatía, la pérdida de interés por actividades que antes resultaban placenteras o una desconexión emocional difícil de explicar. 

En otros casos, la depresión se manifiesta mediante síntomas físicos: dolores de cabeza, molestias abdominales, cansancio constante o problemas de sueño. El cuerpo habla cuando las palabras no alcanzan, y en la infancia esto ocurre con especial frecuencia. 

Cuando estas señales se interpretan como “etapas”, “manías” o problemas de comportamiento, el sufrimiento queda sin nombre ni espacio para ser elaborado. 

Conducta y depresión: cuando el dolor molesta 

Muchos niños y niñas con depresión no pasan desapercibidos; todo lo contrario. Molestan. Interrumpen. Desafían. Se enfrentan a la autoridad o rompen normas. Y precisamente por eso, rara vez se les asocia con un estado depresivo. 

En estos casos, la conducta no es el problema, sino la forma que encuentra el menor para expresar un malestar que no sabe verbalizar. La rabia sustituye a la tristeza. El desafío reemplaza al llanto. La provocación se convierte en una forma de pedir vínculo. 

El entorno adulto, cansado o desbordado, suele responder con sanciones, castigos o etiquetas. El niño aprende entonces que su dolor no solo no es comprendido, sino que además genera rechazo. Esta experiencia refuerza la sensación de incomprensión y alimenta el aislamiento emocional. 

El equipo como factor de protección… o de riesgo 

El equipo de trabajo es uno de los elementos clave en la prevención del desgaste profesional. Cuando existe cohesión, espacios de palabra y acuerdos claros, el impacto emocional del trabajo se reparte y se procesa. Cuando no, el riesgo se multiplica. 

Los equipos fragmentados, con mensajes contradictorios o sin espacios de reflexión, tienden a personalizar los conflictos. Lo que es estructural se vive como un fracaso individual. Esto genera aislamiento, desconfianza y una sensación de soledad profesional muy difícil de sostener. 

Cuidar al equipo no es un añadido, es una condición básica para cuidar la intervención. 

Depresión infantil y autoestima: sentirse poco valioso desde muy pronto 

La depresión en la infancia está estrechamente ligada a una autoimagen deteriorada. Muchos niños deprimidos se perciben a sí mismos como insuficientes, torpes, molestos o poco importantes. Estas creencias no siempre se expresan verbalmente, pero guían su manera de estar en el mundo. 

El fracaso escolar, las dificultades relacionales o las comparaciones constantes refuerzan esta percepción negativa. El menor no solo sufre, sino que además se culpa por sufrir. Piensa que algo en él no funciona, que decepciona o que no merece atención. 

Esta vivencia resulta especialmente intensa en niños y niñas que han crecido en contextos de alta exigencia, falta de reconocimiento emocional o inestabilidad afectiva. Cuando el afecto está condicionado al rendimiento o al buen comportamiento, el error se vive como una amenaza al vínculo. 

Cuando el entorno no lo ve (o no puede verlo) 

La depresión infantil no solo duele por lo que provoca en el menor, sino por la soledad con la que a menudo se vive. Muchos adultos no contemplan la posibilidad de que un niño esté deprimido. Otros lo intuyen, pero no saben qué hacer o minimizan la situación por miedo, desconocimiento o agotamiento. 

Frases como “no tiene motivos para estar así”, “es muy pequeño para deprimirse” o “ya se le pasará” invalidan la experiencia emocional y refuerzan el silencio. El niño aprende entonces a ocultar lo que siente o a expresarlo de formas cada vez más desajustadas. 

En contextos de vulnerabilidad —protección, acogimiento residencial, entornos de exclusión— este riesgo se multiplica. El sufrimiento emocional queda eclipsado por urgencias más visibles, y la depresión se confunde con mala conducta, desmotivación o falta de normas.  

El riesgo de no intervenir a tiempo 

La depresión infantil no abordada no desaparece sola. Puede transformarse, cronificarse o reaparecer en etapas posteriores con mayor intensidad. Muchos adolescentes y adultos con trastornos depresivos arrastran historias de malestar emocional no reconocido en la infancia. 

La ausencia de intervención no solo perpetúa el sufrimiento, sino que afecta al desarrollo emocional, relacional y académico. El niño aprende a vivir desconectado de sí mismo, a no pedir ayuda y a normalizar el malestar como parte de su identidad. 

Intervenir a tiempo no significa patologizar la infancia, sino escuchar con atención y ofrecer espacios de sostén emocional antes de que el dolor se enquiste. 

Acompañar la depresión infantil: una mirada que cuida 

Acompañar a un niño o niña con depresión implica, en primer lugar, creerle. Creer que su malestar es real, aunque no se exprese como esperamos. Implica también generar espacios seguros donde pueda sentirse aceptado incluso cuando está enfadado, apático o desconectado. 

La intervención pasa por el vínculo, la validación emocional y la coherencia del entorno. No se trata de “animar” al niño, sino de ayudarle a poner palabras a lo que siente, a comprenderse y a sentirse acompañado. 

Cuando el menor percibe que hay adultos disponibles emocionalmente, que no se asustan de su dolor ni lo minimizan, comienza a construirse un espacio interno más seguro. Y en ese espacio, el malestar puede empezar a transformarse. 

Reconocer que los niños también pueden deprimirse no es alarmista; es responsable. Porque cuando el dolor se ve, puede acompañarse. Y cuando se acompaña, deja de ser una carga que el niño tenga que sostener en soledad.   

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