Expulsar para resolver: qué está pasando con las conductas disruptivas en el aula

 

En muchos centros educativos la escena se repite con una frecuencia creciente: un alumno acumula partes disciplinarios, la convivencia en el aula se deteriora y, finalmente, llega la expulsión temporal como medida correctora. Sobre el papel, el procedimiento está claro. En la práctica, la pregunta que cada vez más profesionales se hacen es otra: ¿qué ocurre después?

La expulsión sigue siendo una herramienta legítima dentro del marco normativo de los centros. El problema no está en su existencia, sino en el uso cada vez más frecuente como respuesta casi automática ante determinadas conductas disruptivas. Cuando esto ocurre, el sistema educativo gana tiempo a corto plazo, pero muchas veces desplaza el problema hacia otros espacios que no siempre están preparados para absorberlo.

Un síntoma que se está haciendo visible

Equipos de orientación, servicios sociales y recursos de protección coinciden en una percepción común: están llegando más menores con trayectorias de desvinculación escolar progresiva. No siempre se trata de abandono formal, sino de algo más gradual y difícil de detectar. Primero aparecen los conflictos reiterados en el aula, después las sanciones acumuladas, más tarde las expulsiones y, finalmente, una desconexión cada vez mayor del proceso educativo.

Este recorrido no responde a una única causa. En algunos casos hay dificultades de regulación conductual claras; en otros, historias de desenganche escolar previas, contextos familiares muy tensionados o experiencias educativas negativas acumuladas. Lo preocupante es que, cuando la expulsión se convierte en la respuesta predominante, el sistema pierde oportunidades de intervenir antes de que la ruptura sea mayor.

La función de la expulsión… y sus límites

Conviene ser claros: las medidas disciplinarias tienen una función dentro de la vida escolar. Los centros necesitan herramientas para proteger la convivencia y garantizar el derecho a la educación del conjunto del alumnado. El problema aparece cuando la expulsión se utiliza como respuesta principal en situaciones que requieren algo más que una sanción temporal.

La evidencia práctica muestra que, en determinados perfiles, la expulsión no corrige la conducta, sino que la intensifica o la cronifica. El menor sale del aula durante unos días, pero regresa sin que haya cambiado el patrón de fondo. A veces vuelve con más frustración, más desconexión y mayor sensación de rechazo institucional.

Cuando esto ocurre de forma repetida, la expulsión deja de ser una medida educativa y pasa a funcionar como un mecanismo de gestión de la urgencia.

El efecto desplazamiento

Uno de los fenómenos menos visibles, pero más relevantes, es el desplazamiento del problema hacia otros sistemas. Menores que acumulan expulsiones prolongadas pasan más tiempo fuera del entorno escolar estructurado, lo que incrementa el riesgo de:

  • mayor exposición a contextos de riesgo,
  • incremento del conflicto familiar,
  • aparición de conductas disruptivas fuera del ámbito educativo,
  • derivaciones posteriores a servicios sociales o justicia juvenil.

Los profesionales de estos ámbitos lo describen con cierta claridad: cada vez reciben más casos donde la desvinculación escolar ha sido un factor importante en la escalada del conflicto.

Esto no significa que la escuela sea responsable única de estos procesos, pero sí que ocupa una posición clave para detectar, contener y reconducir trayectorias antes de que se compliquen.

Lo que piden los centros (y lo que pueden ofrecer)

El profesorado y los equipos directivos trabajan, en muchos casos, con ratios elevadas, presión curricular y recursos de apoyo limitados. Pedir que la escuela absorba en solitario situaciones de alta complejidad conductual es poco realista. De hecho, parte del aumento de medidas expulsivas tiene que ver con la sensación de falta de herramientas para manejar determinados perfiles dentro del aula ordinaria.

Aquí aparece una de las claves del momento actual: la necesidad de respuestas compartidas. Ni la escuela puede sostener sola todos los casos complejos, ni la expulsión puede convertirse en la puerta de salida por defecto.

Cuando existen equipos de orientación bien coordinados, programas de apoyo conductual y canales fluidos con servicios sociales, el margen de maniobra cambia de forma notable. El problema es que esta red funciona de manera muy desigual según el territorio.

Profesionales que se mueven entre sistemas

Para quienes trabajan en intervención con menores, la creciente relación entre conflicto escolar y derivaciones a otros recursos es un campo que requiere cada vez más comprensión técnica. No basta con intervenir cuando el menor ya está fuera del sistema educativo; resulta clave entender qué ha ocurrido en el recorrido previo.

Esto implica saber leer informes escolares, comprender los protocolos de convivencia, coordinarse con los centros y, sobre todo, evitar miradas simplistas que reduzcan el problema a “falta de normas” o a “mala actitud del menor”.

La experiencia muestra que, detrás de muchas trayectorias de expulsión reiterada, hay procesos de desenganche progresivo que podrían haberse abordado antes con respuestas más ajustadas.

Abrir el foco sin perder el equilibrio

El debate sobre las expulsiones escolares no debería plantearse en términos de prohibir o permitir. La cuestión de fondo es cómo se utilizan estas medidas y qué alternativas reales existen para los casos que se repiten de forma sistemática.

Fortalecer los apoyos dentro del sistema educativo, mejorar la coordinación interinstitucional y dotar a los profesionales de herramientas específicas para la gestión de conductas complejas son líneas de trabajo que empiezan a ganar peso en la agenda técnica.

Mientras tanto, en muchos recursos la sensación es clara: cada expulsión mal encajada hoy puede convertirse en un caso más complejo mañana.

Un reto compartido

Lo que está ocurriendo en las aulas no es un problema exclusivo del sistema educativo. Es un indicador temprano de trayectorias que, si no se abordan de forma coordinada, pueden complicarse con el tiempo. Por eso, cada vez resulta más importante que los profesionales del ámbito socioeducativo comprendan bien estas dinámicas y sepan intervenir antes de que la desvinculación sea mayor.

Trabajar con menores hoy implica mirar también lo que ocurre dentro de la escuela, incluso cuando la intervención principal se desarrolla fuera de ella. Porque muchas veces es ahí donde empiezan a verse las primeras señales de alerta.

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